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jueves, 12 de septiembre de 2019


Pensé en aquella mañana y en cómo se nos había antojado disponer de todo el tiempo del mundo. Y ahora parecía que ya no quedaba tiempo.


Podemos decir que esta novela nos habla del arte, de la literatura, del amor, de las relaciones familiares. Podemos decirlo y es cierto, pero el mensaje más importante de esta novela lo tenéis arriba: el tiempo que juega con nosotros -y nos dejamos, somos colaboradores entusiastas- toda nuestra vida. Vivimos de mañanas y cuando llega la tarde, una tarde de invierno, oscurece demasiado pronto y ya no podemos hacer otra cosa que irnos a dormir. 

Esta novela debía ser la confirmación de algo: que Iris Murdoch llegó con "El unicornio" y con "El príncipe negro" se queda para siempre. Pero además será la que me empuje a releer "Hamlet", de William Shakesperare -de nuevo él-; de la referencia encantadora a "Emma", de Jane Austen; la de mi desdoblamiento; la que me dijo que aun en un mal momento me podría acompañar. Y ha sido la de seguir complacida a un personaje complejo, que se queda conmigo, al que le he hablado mucho, desde ese desdoblamiento que mencionaba, que me agradaba, con el que me congratulé en muchas de sus reflexiones sobre el arte, pero que, pese a todo, tuve que recriminarle su comportamiento a medida que va degenerando. No podía ser de otro modo. Pero es que, el pobre, como tantos de nosotros, tal vez perdió la mañana y dejó todo lo pendiente para esa tarde de invierno. 

Bradley Pearson ha pospuesto gran parte de su vida ser el escritor que cree ser. Pero al fin ha llegado el momento de ponerse a escribir la gran novela que lleva dentro y lo ha dejado todo preparado para que nada se lo impida. Sin embargo, no será tan sencillo. Como en uno de esos sueños en los que necesitas con desesperación llegar a un lugar o alcanzar un propósito y van surgiendo todo tipo de impedimentos, a Bradley así le sucede y saltan a escena su hermana con una crisis matrimonial, su ex mujer, la mujer de su mejor amigo, el hermano de esta, un antiguo compañero de trabajo y, quizás, ¿el amor? Pero sobre todo, hay una figura central, su amigo, Arnold Baffin, escritor cuyo gran éxito y facilidad para escribir no dejan de mortificarle. Y en su intento de huir cada vez se verá más y más embrollado hasta un desenlace... Ahí lo dejo.

Dice Álvaro Pombo, en su magnífico prólogo, que quizás algunos le recriminen a Iris Murdoch sus perfectos acabados. Que puedan parecer inverosímiles, dado que la vida no es así, no tiene finales perfectos. La muerte no espera para que todo te quede bien cerrado. Pero, la creación artística, literaria no tiene por qué imitar la realidad, sino representarla, sus reglas no son las mismas. A mí no me molesta en absoluto una novela bien acabada. Detesto más una en la que se vea la ineficacia del escritor que no ha sabido dar con el mejor final. A menudo, no se trata de uno cerrado o no, sino del más adecuado a la creación ante la que estamos. Esta reflexión tomada de la mano de Álvaro Pombo, pasando por mi propia experiencia y preferencias como lectora, me llevan a "La información", de Martin Amis. Gran admirador de Iris Murdoch, alcanzó el final más adecuado, un final magnífico en esa novela. Una novela que es deudora de "El príncipe negro". No sé si alguna vez Amis lo ha reconocido, pero es imposible no ver en "La información" la influencia de esta historia sobre una gran rivalidad entre dos escritores. 

Y es que Iris Murdoch, puedo ya decirlo sin dudarlo, era muy buena escritora. La construcción de sus novelas responde a un propósito que sin perderse se bifurca en otros secundarios. Su literatura se ha expandido, sigue viva. Están bien pensadas, bien desarrolladas y, lo que decía, bien acabadas. Pero sobre todo, encuentran un acomodo en el lector perdido en mañanas somnolientas que olvidan las escasas horas que nos quedan en las tardes de invierno. El lector tiene la responsabilidad para sí mismo de saber lo que es para él una buena obra, de elaborar su propio esquema al que responder y saber argumentarlo. Lo categórico sin desarrollo razonado no sirve para nada. Esta escritora encaja a la perfección en mi esquema y a medida que vaya leyéndola iré argumentándolo. Y será un placer hacerlo. Quien quiera acompañarme, será bienvenido. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

lunes, 24 de junio de 2019


"¡Sí, claro, soy un raro, un rarito como Thoreau y Gandhi!".

"Todos conocían muy bien los límites de sus capacidades mentales. Todavía tenían que explorar los límites de sus capacidades físicas, pero descubrir que era posible despabilar una vela, por ejemplo, suponía una experiencia casi abrumadora para un hombre a quien había paralizado el miedo cuando la compañía eléctrica le había comunicado que le cortarían el suministro si no pagaba la factura antes del día quince del mes corriente".

"Por las noches, en el gran salón, a la luz de las lámparas de aceite, empezaron a organizar conferencias y lecturas de poetas y filósofos. Montaron una obra de Molière. El pastor oficiaba un servicio los domingos, al que asistían sobre todo por curiosidad. Descubrieron una catarata en el bosque y nadaban en la piscina natural que se formaba al pie, mientras Taub los observaba desde una roca como una deidad ctónica en bermudas. Compraron bicicletas; fueron de pícnic por los alrededores. [...]".


La sociedad me parece un ente incompresible al que me tengo que adaptar, pero que por más que lo intento no lo consigo. Quizás en el fondo no lo quiera lograr, porque sería la gran concesión a algo que me parece profundamente equivocado. El deseo de huir es constante, pero no sé cómo hacerlo, ni hacia dónde ir; no sé cómo romper estas cadenas que nos atan a todos. Me siento a menudo como en medio de una multitud, intentando ir en dirección contraria, pero me resulta imposible, me arrastran hacia un precipicio que nos aguarda tras las grandes puertas de un centro comercial con un brillante cartel que pone: REBAJAS. Y todos caemos y todos morimos bajo una inmensa pila de productos desechados. 

Claro que me planto ante determinadas prácticas, pero no me quita la insatisfacción ni la sensación de angustia. Tratar de no perder mi individualidad en este mundo globalizado, cuando devorarlas es su razón principal, requiere un esfuerzo que te depara a menudo más incomprensión de lo que sería lo razonable. Muchos nos quejamos, pero no sabemos qué hacer. Solo me alivian mi malestar -este y otros- los libros y últimamente en especial aquellos en los que se narra el intento de hacer algo diferente, de apearse de esta locura cada vez más deshumanizada. Incluso en los libros donde la experiencia no se logre me parece que me da claves para algún día alcanzar cierto equilibrio entre lo que me marca mi naturaleza y lo que la sociedad me exige. Es por lo que EL OASIS, de Mary McCarthy me llega en el momento en el que más siento que lo necesitaba y mi malestar encuentra un diálogo posible. Qué falla en una utopía: el propio ser humano que no ha alcanzado su pleno desarrollo, su madurez adecuada que le permita desprenderse de aquello que nos enfrenta e impide lograr un propósito común más razonable.

Mary McCarthy en EL OASIS así nos lo muestra. Crea una maliciosa e irónica narración en la que un pequeño grupo de personas a finales de los años cuarenta se marchan a vivir a un entorno natural, recuperando las formas de subsistencia más sencillas y compartiendo el trabajo manual sin jerarquías. Forman una comunidad que llaman Utopía y es su forma de negarse a ser parte de un mundo que entraba en la Guerra Fría con las dos superpotencias adoptando posiciones para echarse un interminable pulso en el que el que casi todo valdría y fuera cuales fuesen las pérdidas humanas. El silbido de la amenaza de la bomba atómica sonando en sus oídos podía ser para muchas personas una amenaza insoportable que los impeliera a actuar. El propósito, cómo no, es loable y el dar el paso es asombroso. No es el "sálvese quien pueda", sino hacer algo, demostrar su desacuerdo y tal vez lograr mostrar un mejor camino. Pero aun dándose momentos en la novela de idílica comunión con la naturaleza y reconocimiento de vivir algo hermoso, estos momentos son muy escasos y los conflictos pronto se apoderan de la convivencia. Se han formado en Utopía dos grupos, los realistas y los puristas y comienza la "guerra", siempre las guerras, porque algunos están más pendientes de defender sus posturas que de lograr que el proyecto común triunfe. 

Esta novela no muy extensa augura, en efecto, el fracaso de un experimento de apearse ante unos acontecimientos amenazadores e impuestos, ante unas formas obligadas de conducirse. Pero con su aguda mirada, la autora, nos puede dar algunas claves que junto a las de otros escritores que han escrito sobre la inconformidad de grupos de personas, nos pueden servir para lograr creer en una nueva formulación de lo que podría ser un modo de vida en la que se logre al fin dar con un modelo válido y alternativo a lo que nos viene dado. Vivimos tiempos en los que se ha instalado un gran cinismo, que parece que no son posibles otras alternativas, pero resignarnos a un mundo tal cual es supondría un fracaso que nos llevará a un retroceso humano de incalculables consecuencias. Me parece que para muchas personas se están cruzando unos límites que son cada vez más inaceptables y ante los que ya no se puede fingir inocencia y mirar para otro lado. 

Mary McCarthy tomó como modelo para esta novela a algunos de sus amigos, a compañeros de trabajo, a conocidos intelectuales de la época e incluso a parejas que había tenido, ridiculizando sus posturas y creando una sátira que no los dejaba muy bien parados. Se creó un gran revuelo en su momento y enfadó mucho a algunos de ellos. A mí es lo que menos me importa en la novela. Sientes curiosidad, pero entiendo que el autor puede tomar los modelos de alguna parte. Mary McCarthy es verdad que lo hizo disimulando muy poco y sin suavizar nada sus descripciones, pero como lectora lo que me interesa es lo duradero que obtengo de su lectura y quizás esas claves de las que hablaba. A mi entender ella no se burla de los propósitos, sino de las pequeñas miserias y egos de este grupo, de sus miedos no afrontados y de la hipocresía que esconden tras sus fachadas de gente comprometida que al final quiere imponer su razón e impide que esos buenos propósitos se lleven a cabo. Su gran amiga Hannah Arendt definió esta novela de "pequeña obra maestra". A ella, desde todo lo vivido con anterioridad, la sorprendía la ingenuidad de todos aquellos intelectuales que encontró tras su exilio a Estados Unidos. Ella decía que "la utopía es el verdadero opio del pueblo". Que así surgían los totalitarismos. El escollo es siempre el mismo, lo que no se está haciendo bien es la formación plena del ser humano que no ahogue los individualismos, sino que los potencie en la más positiva de sus acepciones y buscando un ético equilibrio de convivencia en sociedad con la imperiosa necesidad de conservar la naturaleza y no destruirla como estamos haciendo. ¿Es posible? No lo sé. Pero no buscar alternativa mejores, dejarnos conducir por lo imperante tampoco me parece la mejor solución. Hay que seguir buscando, hay que seguir planteándose modos de vivir más éticos. 

Confieso mi incapacidad para encontrar soluciones, solo puedo gritar que el ser humano cada vez más me parece el menos humano de los seres y, desde luego, el más destructor. Busco claves en estos libros, busco al menos crear la pequeña ilusión de que es posible.

Foto y texto: Ana Martínez García. 

jueves, 6 de junio de 2019



Conocí TRILBY, de George du Maurier a través de El mago, de John Fowles. Tras investigar un poco de inmediato sentí una gran curiosidad por su trama y el interés se agudizó aún más al saber del enorme éxito que tuvo cuando se publicó en la última década de la época victoriana. Fue tanta la fascinación de los lectores por esta novela que se habló de la "Trilbymanía". En el postfacio de esta edición de Funanbulista escrito por Max Lacruz Bassols, nos da, además, el dato curioso de que el autor, en realidad caricaturista e ilustrador, se la ofreció a su buen amigo Henry James y que este la rechazó, aduciendo que era un regalo demasiado generoso y que debía escribirla la propia persona que la había ingeniado.

Tras leerla me encuentro dividida. No me ha parecido una buena novela. Se nota demasiado la inexperiencia del autor y resulta un texto un tanto inconexo, ingenuo a menudo y tiene unos personajes estereotipados con los que no logras ni empatizar ni sentirte demasiado atraída y en los que a menudo el discurso es incoherente con lo que realmente parecen ser. Se translucen unos pensamientos del autor más avanzados, que necesitara mostrarlos, pero se frena y no se atreve a ir demasiado lejos y da pasos adelante, para enseguida volver al redil de nuevo. Aun así, para la época, fue una novela que al lector inglés impactó y deleitó. Ese mundo de artistas, de bajos fondos, con personajes de "mal vivir", mujeres "perdidas" y una trama basada en la hipnosis que atraía muchísimo en esos años, la convirtió en una obra muy leída.  

Dicho lo anterior, y aunque parezca lo contrario, me ha merecido la pena leerla y en algunos momentos la he disfrutado verdaderamente. George du Maurier desarrolla, en efecto, una trama tan simple que con unas cincuenta páginas o menos, tal y como la trata, le hubieran bastado. Hasta más allá de la mitad del libro no se centra en ella. Pero el resto del tiempo se dedica a describir la vida bohemia de París a finales del siglo XIX y es lo que para mí salva el libro. Tuve una época en la que me obsesionaba viajar en el tiempo hasta la ciudad de la luz, al Barrio Latino, Montmartre, en resumen a la margen izquierda; subir a las buhardillas de artistas y conocer a pintores y escritores, grisetas y modelos e inconformistas que odiaban y huían de una vida encorsetada. Buscaba libros, películas, cuadros y fotografías que me llevaran hasta allí y cuando daba con ellos los leía o visionaba una y otra vez. En este sentido me ha gustado mucho y me ha sido amena la lectura. Sí, es verdad que es una historia que se regodea en los tópicos, de bohemios de buen corazón, con un malvado, cómo no, una damisela de dudosa reputación, pero de inmenso corazón y una trama atrayente que bien desarrollada se le hubiera podido sacar mucho más partido y que te deja muy a medias. Y el final es un auténtico horror, pues una Trilby que se la dibuja al principio muy interesante, moderna, acaba siendo una caricatura de la griseta que arrepentida por amor poco menos que están a punto de canonizarla y todos quedan obnubilados por su luz de santidad. Pero, como decía, luego también tiene toda esa parte de descripciones de lugares emblemáticos de París, de asomarnos a través de las ventanas de las buhardillas y las escuelas de arte y ver un mundo fascinante, entre real e inventado, que me ha gustado mucho. Adolece de lo que adolecen muchas novelas hoy en día, como puede ser mucha documentación histórica, diversos datos entre medias, echar mano de la propia biografía y que no se mezcle bien con la ficción, divagaciones que no siempre tienen sentido ni razón de ser y quedan, ahí arrinconadas, una trama y un valor literario mínimos. Es una novela de más de cuatrocientas páginas con mucho relleno. Digamos que la carne está cruda y el relleno delicioso. 

No la recomiendo a quien busque una buena novela decimonónica bien trazada, redonda, con grandes personajes. Para los que la trama sea lo principal ni acercaros. Pero, para aquellos que como a mí este mundo os haya atraído u os atrae, nostálgicos de aquel París de finales del siglo XIX, podréis encontrar provechosa vuestra lectura y disfrutarla en una buena parte. Se lee bien, en especial la primera mitad del libro, las referencias musicales, literarias, pictóricas son una auténtica gozada y las ilustraciones del propio autor son muy bonitas. Si no os decidís a leerlo, al menos investigar sobre todo lo que rodeó a la publicación de este libro, pues es muy interesante. Y en su relación con Henry James  y abuelo de Daphne du Maurier y de los niños que inspiraron Peter Pan, pues también os puede resultar muy atrayente y os apetezca conocer más de este artista. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

jueves, 23 de mayo de 2019



No había que burlarse de los muertos. Sobre todo, no había que provocar a los fantasmas.

Desde aquella sesión de manicura, no me interesaba en absoluto convertirme en una jovencita. Miraba el suelo apisonado por el peso de mi cuerpo repitiéndome que no quería sujetador, ni medias de nailon , ni laca de uñas, ni sangre entre las piernas. Quería árboles para trepar, quería mis mocasines llenos de barro, que corren cien veces más que los zapatos nuevos y que las sandalias de adolescente. Y, sobre todo, no quería aceptar que lo que hasta ahora me había empujado a saltar de la cama cada mañana acabaría importándome muy poco, mientras que la vida continuaría sin mí. Me dolía demasiado pensar que la vejez me lijaría las mañanas, dejando serrín de madera nueva en la puerta de la habitación.

BONDRÉE LA FRONTERA DEL BOSQUE, de Andrée A. Michaud.


Se pueden erigir furiosos los fantasmas ante los intrusos que entren sin ser invitados, invadiendo los lugares sagrados, donde un dolor invisible, pero todavía latente, continúa reclamando su altar.  

Bondrée es un lugar de veraneo rodeado de bosques donde las familias despojadas de responsabilidades y prisas, disfrutan de sus vacaciones sordos y ciegos a los insistentes avisos de peligro inminente que la naturaleza que los rodea intenta transmitirles; el idioma de los árboles hace siglos que los hombres lo olvidamos. Necesitarían, arropados por el tiempo laxo y de una sensación de vida sin más sobresaltos que los raspones en las rodillas de los niños, de una prueba más contundente. Y así, la desaparición de la joven Zaza Mulligan los sorprende dormitando al sol, en medio de una canción; los gritos de terror por un momento se cuelan entre las risas, entre el propio griterío de los veraneantes. Y entonces, alguien baja la música y el verano acaba de golpe, con el ruido espantoso de una trampa de animales que asoma en la tierra -¿olvidada?- su rostro atroz.

Bondrée la frontera del bosque es un thriller muy bien trazado, con un desarrollo sin altibajos que impide que decaiga el interés y un final que sorprende, bien cerrado y que no decepciona. 

Quienes le pedimos a este género que sea algo más que una trama bien urdida, no nos sentimos defraudados con Andrée A. Michaud, destacando sus descripciones del bosque, escenario de los crímenes, que lo muestran en toda su belleza y misterio, con una atmósfera inquietante, entre irreal y tangible, y la psicología de los personajes, reflejando con precisión los cambios profundos y permanentes que se producen en las personas ante la presencia de la crueldad humana.

Mencionar, por último, a dos personajes de los que quisieras seguir sabiendo tras cerrar la novela. El hombre de los libros: "Los libros nunca te hieren, por eso los había elegido" y una niña inteligente y muy especial a la que vemos dejar atrás la niñez antes de tiempo, tras la aparición de un miedo diferente y la pérdida irreparable de esa sensación de seguridad, de arropamiento que se siente en la infancia en el entorno familiar. La vida ya no será esperar los largos veranos, meter tesoros en su caja de hojalata y el futuro que parecía no significar demasiado será una nebulosa de la que estar pendiente con el temor de no saber que se esconde tras ella. 

Este es uno de los libros que me tocaron en el sorteo de Alianza Editorial y aunque no me ha enamorado tanto como "Hermano", de David Chariandy, he disfrutado de su lectura y en ningún momento se me hizo pesada y mucho menos aburrida. Se lee muy bien y con un final bien rematado, que para mí es muy importante en este tipo de libros. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

lunes, 13 de mayo de 2019

...conozco un lugar, de hecho, donde toda una colonia de literatos fue víctima de un demonio particularmente emprendedor.

La gente, sin embargo, confunde a menudo el talento literario con la integridad moral. Tiende a medir su propia existencia con el metro de la literatura más banal, esa en la que se exaltan los valores positivos, donde todo se resuelve en función del bien colectivo, en la que los malvados pierden y el bien triunfa. Pero si todo fuera tan sencillo yo no estaría aquí contando esta historia.

UN ASUNTO DEL DIABLO, de Paolo Maurensig.


El escritor italiano Paolo Maurensig en Un asunto del diablo elabora una sátira vestida de thriller sobre cómo el deseo de trascender a través de la escritura puede apoderarse de todo un pueblo y propiciar que el mismísimo diablo, adoptando la figura de un importante editor, haga de las suyas. Tan solo un extraño sacerdote sabrá de su existencia y tratará de detenerlo. 

Si extrapolamos lo que sucede en este pequeño pueblo, en el que todos se vuelven locos por publicar, a la actualidad en la que son numerosos los que creen -o creemos ja,ja,ja- llevar dentro un escritor en potencia, nos damos cuenta de que estamos ante una novela que de un modo muy ingenioso reclama cierta depuración del oficio de escritor y se burla de la arrogancia de tantos que ante la accesibilidad de las sencillas herramientas de escritura confunden vanidad con talento. En este pueblo sus habitantes con tal de ver sus escritos publicados o ganar un concurso literario serán capaces de amordazar su dignidad y sentido común y libres de las protestas de éstas "aguafiestas" caer en el esperpento e incluso en lo delictivo. Así vemos a menudo escritores o aspirantes a escritores que en las redes pueden llegar a comportamientos que van más allá de la legítima promoción de su trabajo que nos producen un poco de vergüenza ajena. 

Por medio de una trama ingeniosa, desarrollada con agilidad, que nos despierta el interés desde el principio y un desenlace que no está nada mal, el autor pretende aportarnos algo más importante que la mera resolución de un misterio y nos invita a la reflexión sobre el abanico de vanidades que airean la parte menos bonita de la comunidad literaria. Y así como a menudo los thrillers nos impelen a leer demasiado rápido y a no fijarnos en detalles que nos parezcan superfluos para el esclarecimiento de un crimen, en esta inteligente novela se disfruta de toda la lectura y no se desecha nada. Se lee con gusto y te deja con ganas de repetir con este escritor. 

Además, si os fijáis en la bonita portada del libro hay un precioso zorro. No está ahí por mero adorno. Este animal es muy importante en la novela. El autor aprovecha su simbología para aportarle un plus inquietante a la trama y dotarla de un mayor significado. Deciros que a medida que iba leyendo sentía más y más curiosidad por este animal e investigando descubrí numerosos detalles muy curiosos en interesantes sobre él. Además, como dato anecdótico, averigüe que dependiendo de nuestra fecha de nacimiento tenemos un animal espiritual y me coincidió que es el zorro, precisamente, el mío. Si leéis esta novela, no dejéis de lado la simbología de estos bellos e inteligentes animales, ya que enriquecerán vuestra lectura. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

domingo, 5 de mayo de 2019



El jardín literario pudo actuar como aliciente, en mi caso, a una edad muy temprana, mientras leía con ese ensimismamiento tan único -y por siempre irrecuperable- propio de la lectura de la infancia, cuando un mundo ficticio invade el real y una ya no sabe distinguir cuál es cuál.

Un jardín, y la jardinería como actividad, eran tan terrenalmente reales para Virginia Woolf como para cualquier persona; pero, en sus obras de ficción, jardines y plantas son manipulados, reinventados, sometidos al propósito del discurso narrativo en cuestión. Esto sucede una y otra vez, como veremos, a manos de distintos escritores; el jardín de ficción estará enraizado en la experiencia personal del autor, pero en el papel se convierte en una metáfora. 


Hay libros que llegan para regalarte el silencio. Un silencio de vientos que llevan meciendo las flores, plantas y árboles de los jardines desde tiempos inmemoriales, desde el primer jardín del Edén. Que te piden que pares y sientas, que aplastes los relojes bajo tu anhelo de paz, que vuelvas a pasear con los sentidos entregados. Hay libros que llegan para quedarse a tu lado y ser lectura y catálogo de vida. 

 
     
Algunos de los libros citados.
Vida en el jardín, de Penelope Lively es un libro que me enamoró de inmediato desde su bella portada, pero no siendo partidaria de flores sin aroma no fue hasta adentrarme entre sus páginas que estuve segura de que me aguardaba un paraíso de fragancias deliciosas que me han acompañado desde la primera a la última página. Y del aroma de las flores con la mezcla del de los libros y de la pintura de los cuadros ha resultado una fórmula realmente embriagadora y un absoluto disfrute para los sentidos. La autora repasa los jardines de su vida, tanto reales como literarios y artísticos. De lo que han significado para ella y para diferentes escritores y artistas que también fueron jardineros de pala y rastrillo y de pluma y pincel. Cómo se han relacionado con sus jardines y cómo los han llevado a sus obras. Nos va a llevar a visitar -y qué placer que lo haga- los de Jane Austen, Virginia Woolf, Elizabeth von Arnim, Beatrix Potter, Willa Cather, Elizabeth Bowen, Philip Larkin, Monet, Matisse, Edvard Munch, Van Gogh, etc. Nos habla de famosos jardineros que fueron referente imprescindible para muchos amantes de la jardinería, entre los que señala a nuestra conocida Vita Sackville-West. Pero sobre todo es un libro de una escritora que ha amado y disfrutado enormemente una actividad que ha enriquecido todas las demás facetas de su vida. 

Me he encontrado con una escritora que me ha hablado con sereno entusiasmo, desde sus ochenta y tres años, y me he quedado prendada de su voz. Es un libro precioso, que se lee con gusto. Lo he disfrutado, aunque en mi casa es mi marido el que tiene el secreto de la confiada caricia de las flores, que crecen bajo sus manos, bellas y llenas de aroma. Yo me limito a llevarlas, agradecida, a los libros con los que se entienden a la perfección. No importa si no tienes un jardín, ni siquiera un pequeño cactus, se disfruta porque está bien escrito, con manos que saben su oficio, manos diestras, tanto en la escritura como en la jardinería. Cómo me gustaría ver su jardín y su biblioteca, deben dejar aromas parecidos. 

Editorial Contraseña.

Penelope Lively ha llegado a mi vida para quedarse y como podéis ver en la tercera fotografía ya tengo dos títulos más esperándome. 

Texto y fotografías: Ana Mª Martínez García.

sábado, 27 de abril de 2019

Llegó el otoño, el otoño lluvioso y triste, que pasamos encerrados en casa, con la madrastra severa, nuestro padre completamente entregado a ella, el niño quejumbroso y la tía reumática.

Desde que sabía que eso era lo que a él le gustaba, olvidaba todas mis antiguas quejas en contra de las costumbres patriarcales de nuestra casa, y me parecía que yo misma había escogido aquel tipo de vida y que me gustaba.


Descubrí UN MATRIMONIO DE PROVINCIAS en el propio perfil de la editorial Contraseña. De inmediato me llamó la atención y más aún cuando me puse a leer sobre ella. Publicada en 1885 por Marquesa Colombi, seudónimo de Maria Antonietta Torriani es de un realismo demoledor, "sin miel", dice en el Posfacio Natalia Ginzburg. Y así es, en efecto, retrata sin una pizca de sentimentalismo, queja o adorno que vista de un modo más amable la situación de las mujeres en las postrimerías del siglo XIX italiano. Describe de forma magistral en apenas ciento y pico páginas, no le hacen falta más, cómo la única posibilidad de una mujer pasaba por el matrimonio, el único destino admisible para escapar de una rutina gris, de un aburrimiento hasta la náusea y ser lo que la sociedad les exigía. La posibilidad tenebrosa de llevar de por vida el cartel ominoso de "solterona" las empujaba a no alojar en sus mentes otro propósito que conseguir un marido y, además, convencerse de las bondades de ese futuro manipulado y marcado.  

Denza Dellara lleva una existencia en la que el tiempo parece transcurrir en un inmisericorde goteo de infinito tedio, sin más aliciente que las escasas visitas familiares. Cuando algunos comentarios la hacen ver que es una muchacha muy guapa y que, además, ha atraído la atención de un joven de buena posición, se agarrará con empecinado convencimiento a la esperanza de un pronto matrimonio que la aleje de su monótona vida. 

Es esta una novela muy corta, pero muy contundente y, desde luego, una pequeña joya literaria de una modernidad indiscutible y que os va a sorprender con total seguridad. Para mí ha sido un valioso descubrimiento. Estuvo olvidada durante mucho tiempo y fue Italo Calvino quien la rescató en 1973. Le pidió a Natalia Ginzburg una introducción en la que la escritora italiana explicaría como esta obra había sido una influencia importantísima en su escritura y que leyó por primera vez con apenas siete años, después de traérsela su madre de un puesto de libros viejos. Durante años la releería sin cesar, permaneciendo en su memoria en la más alta estima. Si estoy absolutamente convencida de que esta novela os va a gustar y sorprender, el delicioso posfacio de Natalia Ginzburg os va a enamorar.

AVISO: Os aconsejo leer el prólogo de Cristina Grande, que es muy interesante también y os gustará, sin duda, al final, pues contiene un pequeño destripamiento de la novela. A veces es inevitable para realizar un buen texto sobre una obra. No es un tirón de orejas en absoluto, pero para quien no se le ocurra pensarlo, se lo aviso.

Marquesa Colombi.



Texto y primera foto: Ana Martínez García. 

lunes, 22 de abril de 2019


Cuanto más comprendes qué es la libertad, menos libertad posees.

En el curso de una visita posterior me condujo a una galería que permanecía cerrada. Allí guardaba su colección de autómatas: muñecos, algunos de tamaño natural, que parecía que acabasen de salir de un cuento de Hoffmann. 




Para John Fowles "El mago" era la novela de la que menos satisfecho se sentía, coincidiendo con gran parte de la crítica, que no la acogió tan bien como otros títulos suyos. No obstante, los lectores no estuvieron de acuerdo y siempre ha sido para ellos el más apreciado de sus títulos. Así lo reconocía el autor en el prólogo de la segunda edición inglesa en 1977.  

Nicolas Urfe, joven insatisfecho con los últimos trabajos que ha desempeñado como profesor de inglés consigue un empleo en un colegio privado, situado en una recóndita isla griega, Phrasos. Atrás quedan el nebuloso Londres y Alison, la chica con la que se había estado viendo. Nada más llegar queda deslumbrado por la belleza de la isla y comienza expectante su nueva andadura profesional. Sin embargo, pronto las aburridas clases y la escasa comunicación con sus compañeros que apenas saben inglés lo impelen a alejarse del colegio y encontrar solaz en la soledad del mar. Y es en una de sus frecuentes excursiones que va a encontrar una solitaria villa con un propietario misterioso y fascinante que le hará sentir que tiene unos planes muy especiales para él, pero que la naturaleza y el propósito de esos planes tendrán que esperar para serle desvelados. 

Los libros como sabéis tienen tempos diferentes. "El mago" te va llevando en un suave vaivén de las olas. Avanzas intrigada, pero con apenas sobresaltos. A la vez que el joven Urfe vas haciendo pequeños descubrimientos y como en un teatro solo para ti asistes a la función con tranquila curiosidad. Disfrutas las descripciones de la isla; las conversaciones sobre arte y literatura y las narraciones que se adentran en el pasado del anfitrión a la luz de las velas en la terraza de la villa te van seduciendo cada vez más. El olor salubre del mar te invade los sentidos y otro olor, menos evidente al principio, olor a sexo, que linea a linea se va intensificando, flota en el ambiente sobre oleadas de calor. Cada vez hay más dudas, llega un momento en que hay demasiadas, no puede, no puedes confiar en nadie. Y entonces..., hacia la mitad de la novela da un giro que te sacude en tu serena lectura y la voluptuosa expectación se tronca en inquietud y febril avance hasta el final. 

Compleja, inquietante, extraña novela que me ha fascinado. Fowles dijo que era "una novela de adolescencia escrita por un adolescente tardío". Y entiendo el porqué. El adolescente sueña con vivir aventuras, con el amor y el sexo, a menudo se siente especial y solo en un mundo que no lo comprende y con el que no está de acuerdo. En el horizonte una bella isla, una misteriosa villa, un propietario rico y culto y la posibilidad de vivir algo tan diferente a la realidad que es inevitable que seduzca. Pero, ¿y los lectores que ya dejamos muy atrás la adolescencia? La añoranza de lo que soñamos, de lo creímos posible que nos alejara de esa realidad que suele ser tan gris y prosaica. 

Además de todo lo dicho y de lo que no diré, está Shakespeare y en especial, "La tempestad". Tuve una época en que me leí casi todas sus obras y me quedó, entre algunas otras, este título que debe ser que nunca se resignó a que lo dejara atrás y me ha aparecido con frecuencia. ¡Vale, lo he captado, la voy a leer! Son numerosos los escritores que se sienten en deuda con Shakespeare y le rinden honores. Fowles es uno de ellos y es una maravilla como entrelaza en la historia de la novela las numerosas referencias a esta obra en concreto y las de otras del dramaturgo inglés. Terminé de leer este libro, pero no he acabado con él. Voy a leer, como he dicho, "La tempestad" y algún título más. Es muy gratificante y estimulante cuando has disfrutado una lectura y además anotas varios títulos más que en ella aparecen y deseas leer. Ya os iré hablando con más detalle de ellos. 

Muy buen libro. John Fowles nunca me defrauda. Para eternos adolescentes que soñaron lo que solo encontrarían en las novelas. 

John Fowles en el cuarto donde escribía sus obras.

Texto y foto inicial: Ana Martínez García.


lunes, 8 de abril de 2019


Si se asomaba lo suficiente podía ver una procesión perezosa y revoloteante, las damas de Morgana bajo sus parasoles, intentando mantenerse fresquitas camino de la casa de la señorita Nell. Su madre se fundió con los etéreos y transparentes colores. La señorita Perdita Mayo estaba charlando y los tacones de las damas repiqueteaban y silenciaban -silenciaban algo...

Había sillas doradas de patas quebradizas y curvadas como bastones de caramelo, que sólo con tocarlas se deslizaban por el suelo; y estaban prohibidas -eran para el público del recital y eran frágiles a propósito. Había veladores con estatuitas rosa y conchas de carey del color de las adelfas. Las cortinas de cuentas de las puertas se agitaban y repiqueteaban de cuando en cuando durante la clase, como si viniera alguien, pero, a no ser que fuera la hora de un alumno, no tenían más significado que el perezoso parloteo de los petirrojos al aire libre. (Los McLain vivían casi enteramente arriba, excepto por la cocina, y entraban por la puerta lateral). Las cuentas tenían un suave olor dulce y te hacían pensar en largas filas de higos y frasquitos de caramelos llenos de líquido violeta, y regaliz. La Madre de Cassie decía que el estudio era un poco como la casa de la bruja en Hansel y Gretel , "incluyendo a la bruja".


Como una tarde perezosa de verano que se demora recostada en las hamacas de las casas de madera sureñas, con los ojos un poco hinchados por la siesta y que todo lo ve a través del color de una limonada muy fría. Así es la escritura de Eudora Welty en los siete relatos de LAS MANZANAS DE ORO. Es como verse atrapado en una ensoñación por momentos más profunda y en otros más consciente. La música suena siempre y proviene de una ventana alta, con sutiles cortinas blancas que se mecen al viento; un gramófono tal vez o alguien que toca un viejo piano. El sonido sube y baja, adormece unas veces y otras deja notas pegajosas en las tripas.

Desde una ciudad ficticia, Morgana, situada en Mississippi, Eudora Welty nos relata la vida de sus habitantes con su estricta estructura social, las relaciones que establecen y sus dificultades para comprenderse. Los relatos aunque independientes comparten personajes que se irán alternando y adquiriendo más o menos protagonismo en unos y otros. Sin una estricta sujeción temporal sí transcurren siguiendo un particular hilo narrativo que nos lleva a conocer el desenlace de algunos personajes en diferentes relatos.

Eudora Welty nos muestra los recovecos y miserias, grandeza y humanidad de sus personajes a través de una narrativa realista, pero con un inconfundible halo de misterio, como un vaho mágico que convierten cada párrafo en construcciones de una gran belleza y todo sin perder la elegancia en ningún momento, como una dama sureña de irreprochables modales, observadora inteligente que ahonda en el alma humana y en la idiosincrasia sureña. 

No se puede leer a esta escritora con prisas, su narrativa poética, onírica, con abundancia de referencias a mitos, leyendas y cuentos populares para resaltar, no obstante, la realidad de los seres humanos, su misterio y su constante búsqueda de un algo inalcanzable, no permite leer sin detenerse, sin saborear a no ser que obviemos lo mejor del camino, las ondulaciones de un río tranquilo tras el baño de unos niños, con los últimos rayos del sol al atardecer.  

De los siete relatos voy a resaltar "El recital de junio" y "El lago de la Luna" y son los personajes marginales los más interesantes e inolvidables. Destacar muy especialmente la relación de Virgie Rainey, una niña muy particular, y su profesora de piano, que tocarán por siempre juntas en mis recuerdos Für Elise con momentos de contenida crispación y de fondo el suave entrechocar de esas cortinas de cuentas con olor a caramelo. 

Ganadora en 1972 del Premio Pulitzer por "La hija del optimista", es una de las grandes escritoras sobre el sur de Estados Unidos. Siempre vivió en su Jackson natal en la misma casa familiar. Aunque viajó a menudo por su trabajo como fotógrafa y tras dejar la fotografía y dedicarse a la escritura era solicitada con frecuencia para dar conferencias.


Soy una escritora que ha llevado una vida resguardada. Una vida resguardada puede ser también una vida atrevida. Porque todo atrevimiento serio procede del interior. 


Texto y primera fotografía: Eudora Welty. Desconozco el fotógrafo de la foto de la escritora. 

sábado, 30 de marzo de 2019


Una mañana Francis y yo curioseábamos unos titulares sobre el último episodio violento en una vitrina de periódicos cuando de pronto vi en el cristal nuestras caras reflejadas.

La ocasión en que la vimos pasar un día entero echada en el sofá con un libro sorprendentemente grueso de la biblioteca. Todo un día leyendo, sin ponerse ni una sola vez histérica por las obligaciones. 

HERMANO, de David Chariandy.


Hay libros a los que enseguida les late el corazón, que sus personajes se salen de las páginas para perder su condición de papel y tinta y convertirse en seres de carne y hueso. Así es este libro. Sin llegar ni a doscientas páginas consigue que la historia te importe, te emocione y te duela. Lo leí casi del tirón y cuando tuve que despedirme de Michael, Francis, Ruth, Aisha y Jelly lo hice con pena y de inmediato les añoré. Los lectores sabéis de lo que hablo, esos personajes que se te abrazan y no quieres separarte de ellos, aun con sus duras vivencias, porque son auténticos, son de verdad.

Narrada en primera persona por Michael nos cuenta que su hermano Francis y él han crecido en Scarborough, un suburbio de Toronto, Canadá junto a su madre. De procedencia Antillana desde niños sufren las miradas manchadas de desconfianza, desaprobación y temor de las que solo los prejuicios y la ignorancia son capaces. Su madre, mujer luchadora, que trabaja más horas que tiene el día, que ya sale cansada de casa tras dejarles todo preparado a sus hijos y que se va siempre con un puño en el estómago por el temor de lo que pueda ocurrirles al quedarse solos, pone todo su empeño en trasmitirles que solo estudiar y no meterse en líos les dará la oportunidad que ella no pudo tener. Pero el barrio lucha contra ella y a Francis, que siempre protege a su hermano, que cuida, serio y resuelto, a su madre desde niño, tan carismático que los amigos y las chicas lo veneran, tiene, sin embargo, una fractura en su hermoso ser, que es un abismo. Michael que lo admira y respeta lo ve al filo del abismo sin ser consciente del todo del peligro que corre, cuando es todo lo que tienen él y su madre. Mientras Aisha, inteligente y singular, la primera de la clase, se convierte en una ilusión de camaradería y amor con la que visitar la biblioteca y romper el círculo de predestinación social. Y de fondo la banda sonora de los años noventa, el recuerdo de series norteamericanas y los estilismos imposibles de quienes buscan reafirmarse en unas difíciles circunstancias, para que no les trunquen los sueños. El triunfo será mantener los valores y sentimientos que los hacen mucho más grandes de lo que creen ser y de lo que les dejan creer. 

Dura, pero también hermosa y emotiva. Habla de la familia y la amistad, de la muerte y los prejuicios sociales, de las muchas dificultad que encuentran los inmigrantes, incluso las siguientes generaciones, que ya nacen en el país adoptivo.

Esta novela ha sido para mí una nueva confirmación de que jamás hay que cerrarse puertas en la literatura y conocer a nuevos escritores es siempre una aventura enriquecedora. Por favor, pido a Alianza Editorial que no pierda de vista a este autor y nos traiga todo lo que escriba. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

lunes, 18 de marzo de 2019



Llevaba tiempo queriendo leer a esta escritora, pero siempre había otros títulos que se imponían. Ya sabéis lo insistentes que pueden ser algunos; los hay incluso que son como niños malcriados: "yo primero, yo primero" y empujan a otros y todo. Pero en esta ocasión, un lector al que sigo y en el que confío, Antonio, lanzó de un golpe certero esta novela al primer puesto y llegó reclamando su lectura inmediata y acallando todas las protestas. El golpe de efecto fue el nombre de una actriz: Bette Davies. 

Desde niña me quedaba hipnotizada mirando esos ojos increíbles que no han existido otros iguales en el cine, capaces de reflejar tanto los más hermosos como los más turbulentos sentimientos. Son muchas las películas que he visto y disfrutado de ella, pero de esta, basada en la novela "El señor Skeffington", de Elizabeth von Arnim no sabía nada y fue una maravillosa sorpresa que no me podía perder. Pero, por supuesto, debía imponerse el orden correcto: primero el libro y después la película. 

En el libro encontramos a Fanny, el personaje principal, mujer que ha gozado por su increíble belleza de un gran éxito entre los hombres, lo que le ha permitido un esplendor social en el que era siempre el centro de atención. A punto de cumplir los cincuenta años y con las secuelas de una enfermedad que le han dejado claras huellas en su rostro y cuerpo, el tiempo le hace burlas desde cada rincón de su lujoso hogar anunciándole que sus mejores años pueden haber pasado. La burla adquiere el aspecto de su ex marido que se le aparece a cada momento cuando hace una eternidad que ni pensaba en él. Vamos a asistir a un juego muy divertido que se puede interpretar como un hecho sobrenatural, si se quiere -recurso muy cinematográfico- o simplemente pensar que su mente debilitada por la enfermedad y la preocupación le está jugando una mala pasada. El caso es que Fanny querrá huir de esta presencia insistente que le trae recuerdos ingratos, y en esta huida irá al encuentro de antiguos admiradores para intentar que la tranquilicen, que le demuestren que todo sigue igual y que todavía tiene el poder de despertar un amor apasionado como antaño. 

Podía haber resultado una novela demasiado frívola, que esa razón de ser de Fanny condenada inevitablemente a que el tiempo pronto se la arrebatara, nos las hiciera antipática o nos causara desdén por una búsqueda demasiado superficial. Pero no es así, subyace bajo todo eso una amargura que no se puede obviar. Se va a poner la nota en una mirada educada de forma errónea o insuficiente, condicionada por una sociedad que circunscribe la belleza a la juventud, que condena sobre todo a la mujer a la invisibilidad al paso del tiempo y que convierte su posesión en su mayor y más preciada cualidad y su pérdida en su mayor desgracia; hay una rebeldía sutil, envuelta en una ironía muy inteligente, que está ahí y es un reproche que adquiere su significado simbólico a través de un final que puede parecer acomodaticio -y aun así a mí me emocionó- y que en realidad señala una clara ceguera que solo es capaz de ver y valorar una determinada belleza. El ejemplo más claro está en cómo las personas que no educan su mirada para el arte, por mucho que lo miren no logran ver el milagro, no lo pueden apreciar; fuera de él, en la vida, para mirar a los demás, también se necesitaría educar los ojos, limpiarlos de condicionamientos.

Pero lo magistral de la novela es que esa amargura, esa tristeza que la recorre como una pez tranquilo, que no agita las aguas y queda como al fondo, no impide disfrutar con la lectura, reír y tomarle mucho cariño a Fanny. Hay momentos de una hilaridad maravillosa. Por los suelos me tiraba cuando visita a uno de sus antiguos amores, un sacerdote. Esa visita en la que está él y su hermana, los malentendidos que se producen, es genial, no podía parar de reír. Tiene situaciones resueltas con tanta inteligencia y destreza que a mí me han proporcionado una lectura deliciosa. Repetiré con esta escritora,  sin duda. Ya tengo varios títulos y alguna película más esperando.

La película no la he visto todavía. Necesito un tiempo que repose la novela. Es muy posible que la vea el fin de semana próximo. Ya os contaré. Acaricio el momento de verla y más después de haber disfrutado tanto de la novela. 

Texto: Ana Martínez García.

miércoles, 6 de marzo de 2019





Hoy primero os voy a contar un sueño. Estando en el hospital como acompañante de un ser muy querido mostré LAS HERMANAS ROMANOV, de Helen Rappaport a través de las historias de Instagram. Al poco de volver a casa escribí en Facebook lo que más abajo os reproduzco. Había soñado con Rasputín...

Estoy leyendo este libro y estoy tan obsesionada que no me deja en paz ni despierta ni dormida. Hace unas noches tuve un sueño de lo más inquietante y lo recuerdo con tal nitidez que todavía me produce escalofríos. Rara vez me acuerdo de los sueños, pero este sí ha sido uno de los elegidos y ha quedado indestructible... Hemos pasado unos días en el hospital y acostada en el "agradable" y "confortable" sillón de acompañante tenía enfrente una silla que estaba al lado de la ventana. Pues allí sentado, enfocado por la luna a su pesar, con su largo pelo lacio y grasiento, estaba Rasputín mirándome con esos ojos que no existen palabras en este mundo para describirlos que no sean traídas desde las profundidades más oscuras y misteriosas y volver temblando. ¡Qué miedo sentí! Cuando las brumas del sueño se alejaron, la silla quedó vacía, pero él seguía allí, su presencia llenaba la habitación. No quería volver a dormirme, pero en los hospitales se duerme tan mal y tan poco que enseguida caí de nuevo y ya no sé si permaneció en el cuarto observándome, tan quieto, desde la silla que por el miedo cada vez la sentía más cerca de mí. 

Estoy ya en casa y espero que no siga mirándome... Aunque teniendo en cuenta que todavía me quedan por leer bastantes páginas, temo que me visite de nuevo. Noooooo

Terminé el libro y he de decir con alivio que no volvió o por lo menos no lo recuerdo. Al principio interpreté este sueño como una pesadilla sin más, producto de la lectura del libro y del cansancio, sin embargo, según avanzaba en esta biografía, me quedé con otra interpretación. Cuando Rasputín acudía ante la llamada de los zares, como padres muy preocupados por su hijo Alexey y su dura enfermedad, siempre los tranquilizaba y les decía que se iba a recuperar. Ahora quiero pensar que encontró un camino a través del libro, saltó sobre mi obsesión por este trozo fascinante de la historia de Rusia y de algún modo me tranquilizó también a mí. 

La historia de los últimos zares de Rusia, de sus cuatro hijas y del que tendría que ser el heredero al trono, el pequeño Alexei es realmente fascinante, y la figura de Rasputín, que logró un lugar privilegiado entre ellos, todavía la hace más atrayente. Sabía que este libro me absorbería demasiado y que podría perder fácilmente la objetividad, por lo que volví a ver, para remediarlo en parte, la célebre secuencia de las escaleras de Odessa de la película EL ACORAZADO POTEMKIN, de Serguéi M. Eisenstein. Al encontrarme con el zar Nicolás II y con la zarina Alejandra Feodorovna, padres amorosos y entregados a su matrimonio y a sus hijos, no quería olvidar que como representantes de un sistema autocrático, obsoleto y condenado a desaparecer se habían resistido a los avances sociales que en otros países europeos ya estaban instaurados. Un pueblo empobrecido y más aún, hambriento, tras la guerra ruso-japonesa, no podía permanecer resignado y fiel mucho más tiempo al zar. La I Guerra Mundial empeoraría todavía más la situación y se precipitarían los acontecimientos. Claro, el cambio que se imponía les llevó a un nuevo régimen al parecer aún más terrorífico, pero eso ya es otra historia. Yo lo que pretendía es ordenar mis sentimientos, no olvidar mi compasión por ese pueblo y observar a esta familia desde una perspectiva justa, no mitificándolos ni colocándoles en una posición superior a esos pobres seres. Hubiera sido muy preferible que se acabara con un tipo de gobierno ya insostenible de otro modo, nunca el derramamiento de sangre debería ser el camino para nada, pero mi compasión debía estar junto a todos los que sufrieron, no solamente sentirlo por quienes tienen el foco sobre ellos. Hasta aquí mis precauciones con los zares, que creía necesarias, pero muy distinto era con las niñas y el niñito, ellos eran tan inocentes, estaban tan ajenos a la realidad del pueblo, que con ellos no me servía ninguna película. 

"Miré sus rostros vivaces, jóvenes y expresivos de forma algo indiscreta, y en esos dos o tres minutos aprendí algo que no olvidaré hasta el fin de mis días. Mis ojos se encontraron con los de esas tres desafortunadas jóvenes por un instante, y cuando mi mirada penetró hasta lo más hondo de sus torturadas almas, yo, un revolucionario probado, me sentí sobrecogido por un intenso sentimiento de pena".

Todos los que las conocían las estimaron. A través de estas páginas bien documentadas se erigieron ante mí con sus risas juveniles y sentí toda la pena inevitable por unos seres hermosos que nacieron con el destino truncado, en un momento de la historia tan convulso que tuvieron toda su vida, mientras florecían, la muerte rondándolas. Es imposible no sentir compasión por ellas. He mirado y remirado las fotografías que vienen en el libro, he vuelto una y otra vez al tocador lila de la zarina, hubiera querido coser la ropita de mis muñecas de ojos tristes junto a ella y sus hijas... El último día tan lejano en realidad en el tiempo me pareció leyendo que sucedía justo en ese momento y fue imposible detener la emoción. 

Libro fascinante, bien documentado, con hermosas fotografías y que te deja al acabarlo una gran sensación de añoranza de tan adentro de sus cuartos como entra. 

Texto y foto: Ana Martínez García. 

lunes, 4 de marzo de 2019


"Como conocía muy bien los peligrosos altibajos de mi conciencia temía ver a la gente, herir su sensibilidad o ponerme en ridículo ante ella. Pero esa misma cualidad o defecto que tanto me atormentaba cuando me enfrentaba con lo que se llama el lado práctico de la vida (si bien, y quede esto entre nosotros, quienes llevan o venden libros me parecen extrañamente irreales), se volvía un instrumento de exquisito placer no bien me abandonaba a mi soledad".

LA VERDADERA VIDA DE SEBASTIAN KNIGHT, de Vladimir Nabokov.

Tras la muerte del escritor Sebastian Knight su ex secretario publica una biografía apresurada, oportunista y llena de inexactitudes. Disgustado, el hermano de padre de este autor se propone redactar otra más rigurosa y fiel a la realidad, por lo que comienza una concienzuda investigación. El problema es que los hermanos no mantenían una relación demasiado estrecha y desde niños apenas se veían. Le espera una ardua tarea de búsqueda entre sus papeles personales, obras literarias y entre sus amistades y amores. 

Se puede decir que este título disfrazado de novela de misterio no nos llevará a las conclusiones que esperábamos en un principio, pero nos aportará otras de carácter más filosófico mucho más valiosas.  Sentiremos que Sebastian Knight se nos escapa a cada momento y que cuando parece que vamos a llegar a alguna certeza respecto a él en la página siguiente las dudas nos asaltarán de nuevo y se nos caerá lo construido. Cada avance en la investigación parece acercarnos y a la vez alejarnos aún más de su persona. Hasta los libros que leía parecen llevarnos a alguna parte y no es más que "una lejana melodía que nos resulta familiar, pero por más que prestemos atención no damos con la letra". Y en este ir y venir y volver a repasar lo ya leído con esa sensación que siempre se tiene con Nabokov de haberte dejado algo importante por el camino, vamos a ir a parar al tramo final de la novela que es absolutamente genial y que te deja con el pelo revuelto y y henchida de admiración. Es la magnífica representación de una pesadilla del tipo que tienes que llegar a algún lugar por algo de suma importancia y surgen obstáculos a cada momento; embarcado en esta pesadilla vas a alcanzar las últimas páginas y lo harás jadeando.

Como ya he escrito tantas veces Nabokov al escribir se divierte inventando a cada momento ingeniosas trampas y te mete en laberintos de los que puede costar salir, pero siempre llevan a buen puerto. Su honestidad no nos va a dejar sin certezas, aunque no sean las que creíamos cuando comenzamos a leer. Sus libros no son enrevesados textos que nos dejen al final sin recompensa, con este escritor el premio es perdurable y te acompañará para siempre. Podrás olvidar algunos personajes, situaciones, diálogos, pero nunca esa luz inextinguible que en cierto momento se encenderá para permanecer en ti. Es una de las pruebas más efectivas para saber que Nabokov te puede gustar más o menos, pero la excelencia es indiscutible.

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

miércoles, 13 de febrero de 2019


Pero cuando el invierno descendía sobre Starkfield y el pueblo quedaba cubierto por un manto de nieve que el pálido cielo se encargaba de renovar perpetuamente, empecé a darme cuenta de lo que la vida allí -o más bien su ausencia- tenía que haber sido para Ethan Frome en su primera juventud.

ETHAN FROME, Edith Wharton

Todos los pequeños sucesos cotidianos que habían bastado en otro tiempo para llenar sus horas se le aparecían ahora en toda su mortal insignificancia; y por primera vez en sus muchos años de monotonía se rebeló contra el aburrimiento de su vida.

LAS HERMANAS BUNNER, Edith Wharton



Edith Wharton no nos abre en estas dos novelas breves los salones de la alta sociedad. Al contrario, nos lleva ante personas para los que la vida es una constante lucha por subsistir, tanto desde su vertiente material como sentimental. Personas para los que encontrar una pálida ilusión que avivar y a la que agarrarse cuando sus días parecían predestinados a caer con cada ocaso en la desesperanza o en el aburrimiento, cuando sus sueños habían quedado aletargados y polvorientos. 

En "Ethan Frome" la inclemencia del medio invernal, cruel, nos alcanza en pleno rostro, la nieve nos ciega y en nuestros esfuerzos por ver algo a través de la ventisca que nos golpea atisbamos a un hombre lleno de cicatrices, que parece caminar por su infierno interior con tanta destreza como estoico desaliento. Por qué aquel hombre permanece en un lugar del que cualquiera en su sano juicio huiría. Y las respuestas nos serán dadas con toda su dureza, tan tristes como un lápida olvidada bajo una gruesa capa de nieve. 

La lucha de un hombre bueno por decidir si cumplir con su deber o aprovechar su última oportunidad para amar y ser amado, para que el calor recorra al fin sus ateridos huesos. Las decisiones que pueden dar un giro vertiginoso y estrellar la existencia y el destino inevitable que puede suponer una tumba en vida. Una historia sobrecogedora, perfectamente hilada que nos traslada con increíble destreza ante unos personajes tan bien retratados que continuaremos sintiendo su derrota sobre los hombros tiempo después de conocerlos. Tiempo después seguiremos en la humilde casa de Ethan Frome meciéndonos en la mecedora situada junto al fuego con el gato durmiendo en nuestro regazo llorando todavía por lo que pudo ser y nunca será.

Las hermanas Bunner han quedado detenidas en un pasado de mayor esplendor. Todavía pueden mantener una digna apariencia y su pobreza es pulida con tanto primor, está todo tan limpio y ordenado, su rutina es tan decorosa que todo podría haber quedado así, congelado en el tiempo. Su linda mercería podría haber seguido así en una existencia almidonada y de tranquilo transcurrir. Su té a la hora en punto, la empanada que lo acompaña, sus aposentos junto a la tienda con sus recuerdos y fotografías... las dos hermanas en una cordial compañía, un eterno distribuir los justos ingresos para seguir manteniendo su pacífica existencia  y administrar los silencios que no clamen despertando los anhelos adormecidos.

Cómo puede la existencia derivar en tragedia cuando ya nada se esperaba más que continuara la plácida rutina sin sobresaltos, pero también sin alegrías. Cómo incluso la generosidad y los buenos sentimientos pueden convertirse en una trampa.

Dos novelas breves que me he leído abrigada con un viejo chal de lana, junto al fuego, bebiendo una taza de té y comiendo empanada de carne. Dos camafeo que guardan los mechones del cabello de personajes que nunca existieron y, sin embargo, aquí los tengo, mi gato les da con la patita. Estas historias del pasado que una buena escritora me brinda y yo tomo con profundo agradecimiento. Ningún plan me es más grato que preparar mi maletín de Mary Poppins para irme al pasado y traérmelo lleno de vidas con olor a naftalina que cosquilleen en mi nariz mientras juegue con ellas. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

martes, 29 de enero de 2019





"...preferiría susurrar al oído del púbico unas cuantas verdades saludables que un montón de estúpida blandenguería".

"...si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito".

Citas extraídas del prefacio escrito por Anne Brontë a la segunda edición de LA INQUILINA DE WILDFELL HALL.

***

La primera vez que leí esta novela me quedó en las manos un sentimiento de sorpresa. Anne Brontë era la tercera hermana, la pequeña de la casa, y a la que siempre habíamos creído poseedora de un talento inferior al de sus dos hermanas, Charlotte y Emily. Y más aún, una muchacha muy tímida que nos ofrecería unas novelas igualmente ruborizadas y como pidiendo perdón por haber sido escritas. Sin embargo, sus dos títulos, "Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall" desmienten de inmediato estas equivocadas creencias que según algunos biógrafos podrían provenir en parte de una errónea gestión de su obra por parte de Charlotte a la muerte de Anne en 1849, en especial por la muestras que pareció dar de una cierta desaprobación por el contenido de la novela que hoy me ocupa. Publicada en 1848 logró un gran éxito, hasta tal punto que en menos de un mes se hubo de sacar una segunda edición. Pese a la buena acogida por parte del público mientras Charlotte vivió ¡no permitió que se reeditara! Es más, en 1850 llegaría a decir lo siguiente: "The Tenant of Wildfell Hall, de Acton Bell, tuvo... una acogida poco favorable. No me extraña. La elección del tema fue un completo error. No puede concebirse nada menos congruente con la naturaleza del escritor". Es cierto que dividió a la crítica y algunos la calificaron de demasiado cruda, pero otros valoraron su realismo, por lo que Charlotte no parece que fuera con estas declaraciones muy fiel a la verdad. Pero serían sus palabras las que prevalecerían y acabarían, junto con otros factores, distorsionando y dando la idea de una obra menor.

Mi intención, en mayor medida que en otras ocasiones, es no dar demasiados detalles, pues para aquellas personas que la lean por primera vez me parece deseable que sepan lo menos posible. Os puedo decir que es la más moderna de todas las escritas por las hermanas Brontë, incluso algunos lectores hablan de haber encontrado en ella un cierto grado de feminismo, porque se atreve a tratar un tema, que por desgracia sigue de actualidad, con una gran franqueza y con ánimo de prevenir a las jóvenes de su época. Y si bien no parece que la intención de Anne fuera la de ser una representante de este movimiento, ni ser consciente de seguir sus preceptos, como decía, el tema que trata y cómo lo trata nos indican que no es descabellado, ni mucho menos, describirla como feminista. Aunque en ningún momento en el prefacio lo menciona se ven en ella unas convicciones tan firmes, un amor propio como mujer, una lucidez de pensamiento y sobre todo una consciencia como individuo, con independencia de su género, que la sentimos muy cercana a la mentalidad actual.

Con lo dicho con anterioridad y el breve resumen que encontraréis a continuación, espero que sintáis mucha curiosidad y no podáis aguantar la las ganas de leerla, pues de veras merece la pena. Tiene una trama que desde el principio atrae.

Wildfell Hall es una antigua mansión que presenta un aspecto desvencijado y ruinoso. Cuando una misteriosa mujer acompañada por su hijo se instala en ella causa una gran extrañeza en la comarca y pronto el carácter extremadamente reservado e independiente de la dama que, además, rehuye el contacto social despertarán la curiosidad y el recelo de la vecindad. 

Y hasta aquí. Soy consciente de que la mayoría a estas alturas sabrá más del argumento de la novela. Que en la propia contraportada se puede acceder a más información de la que yo doy y que hay lectores que la han comentado en las redes, pero quiero dejarlo así y me gustaría que aquellos lectores, que los habrá, que no saben nada de ella, que hagan lo posible por mantener un mayor misterio y resistan la tentación de buscar más datos. La sorpresa será mayor. Y aquellos que tengan a bien escribirme comentarios, les pido que lo hagan con el mismo cuidado y traten de dar la menor información posibles. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.
Parte de la bibliografía: Introducción de "Agnes Grey", de Anne Brontë, en Cátedra. 

domingo, 27 de enero de 2019


"-¿Si me gustaban sus libros? Oh, muchísimo. No lo vi mucho después de Cambridge, y nunca me mandó uno solo de sus libros. Los escritores, como usted sabe, son olvidadizos. Pero un día compré tres de ellos en una librería y pasé muchas noches leyéndolos. Siempre había estado seguro de que escribiría algo bueno, pero nunca llegué a suponerlo capaz de algo tan bueno. Durante su último año aquí... No sé qué le pasa a este gato, es como si fuera la primera vez que ve leche...".

LA VERDADERA VIDA DE SEBASTIAN KNIGHT, de Vladimir Nabokov. 




A los escritores de nuestra vida podemos llegara a través de diversos caminos, viendo sus libros en una librería o biblioteca, por la recomendación de otro lector en el que confiamos, por su mención en los libros de otros autores que los admiran o no, etc. Pero va a ser nuestro propio pellizco, ese clic necesario el que nos va a entregar definitivamente a esos escritores. Podemos después ampliar la información y los conocimientos a través de biografías, estudios literarios o artículos, pero son aquellos detalles que a nosotros nos motivan y emocionan de un modo especial los que nos van a convencer del todo.

En los libros de Vladimir Nabokov vamos a encontrar infinidad de detalles únicos, pero cada lector tendrá unos que sean más preciosos que otros. A mí me enamora, entre otros, lo bien que trata a los animales en sus libros, con el mismo respeto que le merece cualquier otro personaje y su aparición en sus novelas no se debe a un capricho, no los coloca ahí de forma gratuita o como un mero elemento decorativo, tienen un propósito. Por supuesto, las mariposas. Siempre va a revolotear alguna en sus novelas y deben su aparición a la propia vida de Nabokov, pero también poseen un significado propio. Los perros. En "Pnin", la aparición del perrito blanco hace la novela más deliciosa y el final no sería tan entrañable si no apareciera este perro. Cómo actúa Pnin con él te deja al acabar la última página con una sonrisa en la boca y en el punto exacto de las pupilas que dan justo al interior de las emociones más gratificantes. En "Rey, Dama, Valet" todos los personajes son reprobables, algunos son realmente malvados y el único personaje bondadoso es el perro. Es él el que nos da la medida exacta de la catadura moral del resto de personajes. También aparece un gato, pero su propósito es más misterioso, lo que no impide que resulte inolvidable. En "Gloria" hay un gato también. Y en la novela que estoy leyendo ahora, "La verdadera vida de Sebastian Knight" los gatos los introduce de forma muy enigmática y te producen una alegría inicial si eres un amante de estos hermosos animales, pero a continuación viene la inquietud, vienen las preguntas. Porque en Nabokov no hay nada improvisado, todo tiene un porqué: "-Debo confesar -dijo mientras acariciaba a un suave gato azulino de ojos verdes, aparecido de quién sabe dónde y que se había acomodado en su regazo- que sentía lástima por Sebastian en ese primer período de nuestra amistad". Podría dar muchísimos ejemplos más, la aparición de animalitos en la obra de este escritor me entusiasma y más aún al captar su propósito y me intriga y me empuja a elaborar conjeturas sobre el propósito que queda más camuflado a veces hasta mucho tiempo después de terminar la lectura. 

También me entusiasman sus continuas referencias a obras literarias y escritores. Recuerdo en "Gloria" las menciones del protagonista sobre Chéjov que son una delicia absoluta. Y en "La Dádiva" en un fragmento muy significativo dice algo sobre Dostoievski que resulta muy interesante, ya que son sus polémicas opiniones sobre este escritor de las que más sorprendieron en su momento y siguen pasmando a los nuevos lectores que las conocen. No digo nada más para dejaros con la curiosidad y vayáis a leerlo vosotros mismos. Pero os puedo decir que ese texto en esta novela dice algo que es buenísimo si lo relacionas con sus opiniones sobre su compatriota. 

Luego está la belleza tan triste de su añoranza por su patria, cómo trata el amor, cómo se entrega a los escritores y obras que admiraba... Sus menciones a Charlie Chaplin, el papel de las paredes y las reminiscencias de su infancia... Hay tanto en las novelas de Nabokov que puedo venir cada día y recrearme en las sensaciones que producen en mí con esa ilusión que tenía su más pura expresión e intensidad en la infancia, pero que enriquecida con mi trayectoria como lectora adquiere unos tintes únicos de auténtica felicidad.

Hoy domingo leyendo de nuevo a Nabokov mi mente se enreda en el engranaje perfecto de sus novelas y me siento otra vez maravillada. Cuando termino un libro suyo leo a otros escritores y los disfruto y admiro también, pero volver a Nabokov se me ha convertido en algo obligado, tiran de mí sus títulos que me miran desde mi biblioteca con ojos tan verdadero, tan honestos, aun con todas sus trampas, que son para mí promesas seguras de experiencias -casi- perfectas. La perfección la alcanzaría se pudiese aislarme del todo del mundo al menos durante unas horas, rescatar la sensación infinitamente agradable de haber eliminado toda posibilidad de  interrupción. 

Texto. Ana Martínez García.