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domingo, 6 de octubre de 2019

~EL MOLINO DEL FLOSS, de George Eliot (Mary Ann Evans)~


Hace tiempo me construí un siglo XIX como un collage. Recorté aquí y allá y lo convertí en un hogar al que necesito regresar cada cierto tiempo. Un hogar creado sobre todo con retazos de los libros que he leído, una cierta luz de tarde de otoño y sabor en la boca a torta de garbanzos. La apreciación histórica algo tiene que ver, claro, pero en su mayor parte es la literaria. 

El sendero me lleva esta vez al molino de Dorlcote. En el vive una familia, el señor y la señora Tulliver y sus hijos, Tom y Maggie. El molino ha pertenecido desde varias generaciones a los antepasados del padre y gracias a él pueden llevar una vida con cierto desahogo. La gran preocupación del señor Tulliver es proporcionar una buena educación a su hijo, porque es lo que tiene que hacer, aunque se da perfecta cuenta de que es la niña la más inteligente de los dos. La que devora los pocos libros de los que dispone y que habla de ellos con tanta gracia y entendimiento que deja al padre embelesado. Pero nada en sus circunstancias favorece que Maggie pueda estudiar lo que tanto necesita su mente inquieta. Estamos a mediados del siglo XIX, en un entorno rural, con personas que han logrado unos medios económicos que no han ido a la par que su instrucción. Su estrechez de miras y una fuerte presión social los empuja a ser lo que se espera de ellos. Si al niño no le gusta estudiar, no importa, es él el que debe hacerlo y ella, ¿resignarse? 

Me limito a contaros tan solo una pequeña parte de esta hermosa novela. Entraría en tantos detalles. En ella, además, hay litigios, enfrentamientos familiares, descalabros económicos, ansias de venganza, amores... Todo desde una pluma magnífica, la de George Eliot, que era Ella y no él, Mary Ann Evans. Ya sabéis. Con unas descripciones tan bellas que pasear JUNTO al Floss ha sido una delicia y una experiencia maravillosa. Y su Maggie, ¡qué personaje! Inolvidable. De los que desde el principio te encuentran el punto y se te cuelan en tu galería particular. Es inteligente, pero también bondadosa y sensible y siente que todo el tiempo se equivoca ante los demás. Van a ser constantes sus intentos por encontrar su lugar estando siempre en pugna contra su propia naturaleza. 

Pero hay todavía más. La relación de los hermanos, que será clave a lo largo de toda la novela; la ternura del padre, que ella nunca olvidará, ni en los peores momentos; la preferencia de la madre por el hijo y su continúa decepción con ella: por su pelo negro, liso e indomable, por su desaliño, por su interés por los libros...; los familiares maternos siempre desaprobadores y dispuestos a decirles todo lo que hacen mal. 

Es asombroso con qué elegancia, tras un seudónimo masculino, la escritora nos habla de unas desigualdades en la educación y en el trato tan diferente a hombres y mujeres. Pero también entre clases sociales y más aún, en la crueldad para quienes tienen alguna malformación que parece agrandarse a los ojos de los demás, hasta tapar por completo al verdadero ser, sin que la mayoría vea más que ese "defecto" que los hace inapropiados e indignos de ser amados. La ternura y comprensión con las que trata la autora a Phillip Wakem y la dignidad que no le escatima es de lo más estimable en esta novela y teniendo en cuenta en el momento en el que la escribe.

Todo esto y más, vuelvo a insistir, despertando en el lector tales sentimientos por algunos de sus personajes que te llevan a vivir un final tremendo y lleno de emoción. Un final como solo sabían darnos en este siglo. Pero también hay humor y unos personajes secundarios, como Bob Jakin, que tiene un detalle con Maggie que te lo comerías a besos. Y sus tías y tíos... ¡Cómo son! Nos proporcionan unos momentos costumbristas que no tienen precio. Extraordinarios. Con una de sus tías que lo guarda todo tan bajo llave que me temo que cuando muera nadie encuentre nada te puedes morir de la risa. Otra, estricta e intransigente, peeero... 

En fin, una maravilla de libro. Mi siglo, mi hogar, al que llego tras un largo viaje agotador y me pongo cómoda ante el fuego. La lluvia arrecia en las ventanas... Leo y me siento tan lejos, tan bien, tan calentita y segura en la ficción de este refugio. 

Texto y foto: Ana Martínez García. 

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