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lunes, 18 de marzo de 2019



Llevaba tiempo queriendo leer a esta escritora, pero siempre había otros títulos que se imponían. Ya sabéis lo insistentes que pueden ser algunos; los hay incluso que son como niños malcriados: "yo primero, yo primero" y empujan a otros y todo. Pero en esta ocasión, un lector al que sigo y en el que confío, Antonio, lanzó de un golpe certero esta novela al primer puesto y llegó reclamando su lectura inmediata y acallando todas las protestas. El golpe de efecto fue el nombre de una actriz: Bette Davies. 

Desde niña me quedaba hipnotizada mirando esos ojos increíbles que no han existido otros iguales en el cine, capaces de reflejar tanto los más hermosos como los más turbulentos sentimientos. Son muchas las películas que he visto y disfrutado de ella, pero de esta, basada en la novela "El señor Skeffington", de Elizabeth von Arnim no sabía nada y fue una maravillosa sorpresa que no me podía perder. Pero, por supuesto, debía imponerse el orden correcto: primero el libro y después la película. 

En el libro encontramos a Fanny, el personaje principal, mujer que ha gozado por su increíble belleza de un gran éxito entre los hombres, lo que le ha permitido un esplendor social en el que era siempre el centro de atención. A punto de cumplir los cincuenta años y con las secuelas de una enfermedad que le han dejado claras huellas en su rostro y cuerpo, el tiempo le hace burlas desde cada rincón de su lujoso hogar anunciándole que sus mejores años pueden haber pasado. La burla adquiere el aspecto de su ex marido que se le aparece a cada momento cuando hace una eternidad que ni pensaba en él. Vamos a asistir a un juego muy divertido que se puede interpretar como un hecho sobrenatural, si se quiere -recurso muy cinematográfico- o simplemente pensar que su mente debilitada por la enfermedad y la preocupación le está jugando una mala pasada. El caso es que Fanny querrá huir de esta presencia insistente que le trae recuerdos ingratos, y en esta huida irá al encuentro de antiguos admiradores para intentar que la tranquilicen, que le demuestren que todo sigue igual y que todavía tiene el poder de despertar un amor apasionado como antaño. 

Podía haber resultado una novela demasiado frívola, que esa razón de ser de Fanny condenada inevitablemente a que el tiempo pronto se la arrebatara, nos las hiciera antipática o nos causara desdén por una búsqueda demasiado superficial. Pero no es así, subyace bajo todo eso una amargura que no se puede obviar. Se va a poner la nota en una mirada educada de forma errónea o insuficiente, condicionada por una sociedad que circunscribe la belleza a la juventud, que condena sobre todo a la mujer a la invisibilidad al paso del tiempo y que convierte su posesión en su mayor y más preciada cualidad y su pérdida en su mayor desgracia; hay una rebeldía sutil, envuelta en una ironía muy inteligente, que está ahí y es un reproche que adquiere su significado simbólico a través de un final que puede parecer acomodaticio -y aun así a mí me emocionó- y que en realidad señala una clara ceguera que solo es capaz de ver y valorar una determinada belleza. El ejemplo más claro está en cómo las personas que no educan su mirada para el arte, por mucho que lo miren no logran ver el milagro, no lo pueden apreciar; fuera de él, en la vida, para mirar a los demás, también se necesitaría educar los ojos, limpiarlos de condicionamientos.

Pero lo magistral de la novela es que esa amargura, esa tristeza que la recorre como una pez tranquilo, que no agita las aguas y queda como al fondo, no impide disfrutar con la lectura, reír y tomarle mucho cariño a Fanny. Hay momentos de una hilaridad maravillosa. Por los suelos me tiraba cuando visita a uno de sus antiguos amores, un sacerdote. Esa visita en la que está él y su hermana, los malentendidos que se producen, es genial, no podía parar de reír. Tiene situaciones resueltas con tanta inteligencia y destreza que a mí me han proporcionado una lectura deliciosa. Repetiré con esta escritora,  sin duda. Ya tengo varios títulos y alguna película más esperando.

La película no la he visto todavía. Necesito un tiempo que repose la novela. Es muy posible que la vea el fin de semana próximo. Ya os contaré. Acaricio el momento de verla y más después de haber disfrutado tanto de la novela. 

Texto: Ana Martínez García.

miércoles, 6 de marzo de 2019





Hoy primero os voy a contar un sueño. Estando en el hospital como acompañante de un ser muy querido mostré LAS HERMANAS ROMANOV, de Helen Rappaport a través de las historias de Instagram. Al poco de volver a casa escribí en Facebook lo que más abajo os reproduzco. Había soñado con Rasputín...

Estoy leyendo este libro y estoy tan obsesionada que no me deja en paz ni despierta ni dormida. Hace unas noches tuve un sueño de lo más inquietante y lo recuerdo con tal nitidez que todavía me produce escalofríos. Rara vez me acuerdo de los sueños, pero este sí ha sido uno de los elegidos y ha quedado indestructible... Hemos pasado unos días en el hospital y acostada en el "agradable" y "confortable" sillón de acompañante tenía enfrente una silla que estaba al lado de la ventana. Pues allí sentado, enfocado por la luna a su pesar, con su largo pelo lacio y grasiento, estaba Rasputín mirándome con esos ojos que no existen palabras en este mundo para describirlos que no sean traídas desde las profundidades más oscuras y misteriosas y volver temblando. ¡Qué miedo sentí! Cuando las brumas del sueño se alejaron, la silla quedó vacía, pero él seguía allí, su presencia llenaba la habitación. No quería volver a dormirme, pero en los hospitales se duerme tan mal y tan poco que enseguida caí de nuevo y ya no sé si permaneció en el cuarto observándome, tan quieto, desde la silla que por el miedo cada vez la sentía más cerca de mí. 

Estoy ya en casa y espero que no siga mirándome... Aunque teniendo en cuenta que todavía me quedan por leer bastantes páginas, temo que me visite de nuevo. Noooooo

Terminé el libro y he de decir con alivio que no volvió o por lo menos no lo recuerdo. Al principio interpreté este sueño como una pesadilla sin más, producto de la lectura del libro y del cansancio, sin embargo, según avanzaba en esta biografía, me quedé con otra interpretación. Cuando Rasputín acudía ante la llamada de los zares, como padres muy preocupados por su hijo Alexey y su dura enfermedad, siempre los tranquilizaba y les decía que se iba a recuperar. Ahora quiero pensar que encontró un camino a través del libro, saltó sobre mi obsesión por este trozo fascinante de la historia de Rusia y de algún modo me tranquilizó también a mí. 

La historia de los últimos zares de Rusia, de sus cuatro hijas y del que tendría que ser el heredero al trono, el pequeño Alexei es realmente fascinante, y la figura de Rasputín, que logró un lugar privilegiado entre ellos, todavía la hace más atrayente. Sabía que este libro me absorbería demasiado y que podría perder fácilmente la objetividad, por lo que volví a ver, para remediarlo en parte, la célebre secuencia de las escaleras de Odessa de la película EL ACORAZADO POTEMKIN, de Serguéi M. Eisenstein. Al encontrarme con el zar Nicolás II y con la zarina Alejandra Feodorovna, padres amorosos y entregados a su matrimonio y a sus hijos, no quería olvidar que como representantes de un sistema autocrático, obsoleto y condenado a desaparecer se habían resistido a los avances sociales que en otros países europeos ya estaban instaurados. Un pueblo empobrecido y más aún, hambriento, tras la guerra ruso-japonesa, no podía permanecer resignado y fiel mucho más tiempo al zar. La I Guerra Mundial empeoraría todavía más la situación y se precipitarían los acontecimientos. Claro, el cambio que se imponía les llevó a un nuevo régimen al parecer aún más terrorífico, pero eso ya es otra historia. Yo lo que pretendía es ordenar mis sentimientos, no olvidar mi compasión por ese pueblo y observar a esta familia desde una perspectiva justa, no mitificándolos ni colocándoles en una posición superior a esos pobres seres. Hubiera sido muy preferible que se acabara con un tipo de gobierno ya insostenible de otro modo, nunca el derramamiento de sangre debería ser el camino para nada, pero mi compasión debía estar junto a todos los que sufrieron, no solamente sentirlo por quienes tienen el foco sobre ellos. Hasta aquí mis precauciones con los zares, que creía necesarias, pero muy distinto era con las niñas y el niñito, ellos eran tan inocentes, estaban tan ajenos a la realidad del pueblo, que con ellos no me servía ninguna película. 

"Miré sus rostros vivaces, jóvenes y expresivos de forma algo indiscreta, y en esos dos o tres minutos aprendí algo que no olvidaré hasta el fin de mis días. Mis ojos se encontraron con los de esas tres desafortunadas jóvenes por un instante, y cuando mi mirada penetró hasta lo más hondo de sus torturadas almas, yo, un revolucionario probado, me sentí sobrecogido por un intenso sentimiento de pena".

Todos los que las conocían las estimaron. A través de estas páginas bien documentadas se erigieron ante mí con sus risas juveniles y sentí toda la pena inevitable por unos seres hermosos que nacieron con el destino truncado, en un momento de la historia tan convulso que tuvieron toda su vida, mientras florecían, la muerte rondándolas. Es imposible no sentir compasión por ellas. He mirado y remirado las fotografías que vienen en el libro, he vuelto una y otra vez al tocador lila de la zarina, hubiera querido coser la ropita de mis muñecas de ojos tristes junto a ella y sus hijas... El último día tan lejano en realidad en el tiempo me pareció leyendo que sucedía justo en ese momento y fue imposible detener la emoción. 

Libro fascinante, bien documentado, con hermosas fotografías y que te deja al acabarlo una gran sensación de añoranza de tan adentro de sus cuartos como entra. 

Texto y foto: Ana Martínez García. 

lunes, 4 de marzo de 2019


"Como conocía muy bien los peligrosos altibajos de mi conciencia temía ver a la gente, herir su sensibilidad o ponerme en ridículo ante ella. Pero esa misma cualidad o defecto que tanto me atormentaba cuando me enfrentaba con lo que se llama el lado práctico de la vida (si bien, y quede esto entre nosotros, quienes llevan o venden libros me parecen extrañamente irreales), se volvía un instrumento de exquisito placer no bien me abandonaba a mi soledad".

LA VERDADERA VIDA DE SEBASTIAN KNIGHT, de Vladimir Nabokov.

Tras la muerte del escritor Sebastian Knight su ex secretario publica una biografía apresurada, oportunista y llena de inexactitudes. Disgustado, el hermano de padre de este autor se propone redactar otra más rigurosa y fiel a la realidad, por lo que comienza una concienzuda investigación. El problema es que los hermanos no mantenían una relación demasiado estrecha y desde niños apenas se veían. Le espera una ardua tarea de búsqueda entre sus papeles personales, obras literarias y entre sus amistades y amores. 

Se puede decir que este título disfrazado de novela de misterio no nos llevará a las conclusiones que esperábamos en un principio, pero nos aportará otras de carácter más filosófico mucho más valiosas.  Sentiremos que Sebastian Knight se nos escapa a cada momento y que cuando parece que vamos a llegar a alguna certeza respecto a él en la página siguiente las dudas nos asaltarán de nuevo y se nos caerá lo construido. Cada avance en la investigación parece acercarnos y a la vez alejarnos aún más de su persona. Hasta los libros que leía parecen llevarnos a alguna parte y no es más que "una lejana melodía que nos resulta familiar, pero por más que prestemos atención no damos con la letra". Y en este ir y venir y volver a repasar lo ya leído con esa sensación que siempre se tiene con Nabokov de haberte dejado algo importante por el camino, vamos a ir a parar al tramo final de la novela que es absolutamente genial y que te deja con el pelo revuelto y y henchida de admiración. Es la magnífica representación de una pesadilla del tipo que tienes que llegar a algún lugar por algo de suma importancia y surgen obstáculos a cada momento; embarcado en esta pesadilla vas a alcanzar las últimas páginas y lo harás jadeando.

Como ya he escrito tantas veces Nabokov al escribir se divierte inventando a cada momento ingeniosas trampas y te mete en laberintos de los que puede costar salir, pero siempre llevan a buen puerto. Su honestidad no nos va a dejar sin certezas, aunque no sean las que creíamos cuando comenzamos a leer. Sus libros no son enrevesados textos que nos dejen al final sin recompensa, con este escritor el premio es perdurable y te acompañará para siempre. Podrás olvidar algunos personajes, situaciones, diálogos, pero nunca esa luz inextinguible que en cierto momento se encenderá para permanecer en ti. Es una de las pruebas más efectivas para saber que Nabokov te puede gustar más o menos, pero la excelencia es indiscutible.

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

miércoles, 13 de febrero de 2019


Pero cuando el invierno descendía sobre Starkfield y el pueblo quedaba cubierto por un manto de nieve que el pálido cielo se encargaba de renovar perpetuamente, empecé a darme cuenta de lo que la vida allí -o más bien su ausencia- tenía que haber sido para Ethan Frome en su primera juventud.

ETHAN FROME, Edith Wharton

Todos los pequeños sucesos cotidianos que habían bastado en otro tiempo para llenar sus horas se le aparecían ahora en toda su mortal insignificancia; y por primera vez en sus muchos años de monotonía se rebeló contra el aburrimiento de su vida.

LAS HERMANAS BUNNER, Edith Wharton



Edith Wharton no nos abre en estas dos novelas breves los salones de la alta sociedad. Al contrario, nos lleva ante personas para los que la vida es una constante lucha por subsistir, tanto desde su vertiente material como sentimental. Personas para los que encontrar una pálida ilusión que avivar y a la que agarrarse cuando sus días parecían predestinados a caer con cada ocaso en la desesperanza o en el aburrimiento, cuando sus sueños habían quedado aletargados y polvorientos. 

En "Ethan Frome" la inclemencia del medio invernal, cruel, nos alcanza en pleno rostro, la nieve nos ciega y en nuestros esfuerzos por ver algo a través de la ventisca que nos golpea atisbamos a un hombre lleno de cicatrices, que parece caminar por su infierno interior con tanta destreza como estoico desaliento. Por qué aquel hombre permanece en un lugar del que cualquiera en su sano juicio huiría. Y las respuestas nos serán dadas con toda su dureza, tan tristes como un lápida olvidada bajo una gruesa capa de nieve. 

La lucha de un hombre bueno por decidir si cumplir con su deber o aprovechar su última oportunidad para amar y ser amado, para que el calor recorra al fin sus ateridos huesos. Las decisiones que pueden dar un giro vertiginoso y estrellar la existencia y el destino inevitable que puede suponer una tumba en vida. Una historia sobrecogedora, perfectamente hilada que nos traslada con increíble destreza ante unos personajes tan bien retratados que continuaremos sintiendo su derrota sobre los hombros tiempo después de conocerlos. Tiempo después seguiremos en la humilde casa de Ethan Frome meciéndonos en la mecedora situada junto al fuego con el gato durmiendo en nuestro regazo llorando todavía por lo que pudo ser y nunca será.

Las hermanas Bunner han quedado detenidas en un pasado de mayor esplendor. Todavía pueden mantener una digna apariencia y su pobreza es pulida con tanto primor, está todo tan limpio y ordenado, su rutina es tan decorosa que todo podría haber quedado así, congelado en el tiempo. Su linda mercería podría haber seguido así en una existencia almidonada y de tranquilo transcurrir. Su té a la hora en punto, la empanada que lo acompaña, sus aposentos junto a la tienda con sus recuerdos y fotografías... las dos hermanas en una cordial compañía, un eterno distribuir los justos ingresos para seguir manteniendo su pacífica existencia  y administrar los silencios que no clamen despertando los anhelos adormecidos.

Cómo puede la existencia derivar en tragedia cuando ya nada se esperaba más que continuara la plácida rutina sin sobresaltos, pero también sin alegrías. Cómo incluso la generosidad y los buenos sentimientos pueden convertirse en una trampa.

Dos novelas breves que me he leído abrigada con un viejo chal de lana, junto al fuego, bebiendo una taza de té y comiendo empanada de carne. Dos camafeo que guardan los mechones del cabello de personajes que nunca existieron y, sin embargo, aquí los tengo, mi gato les da con la patita. Estas historias del pasado que una buena escritora me brinda y yo tomo con profundo agradecimiento. Ningún plan me es más grato que preparar mi maletín de Mary Poppins para irme al pasado y traérmelo lleno de vidas con olor a naftalina que cosquilleen en mi nariz mientras juegue con ellas. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

martes, 29 de enero de 2019





"...preferiría susurrar al oído del púbico unas cuantas verdades saludables que un montón de estúpida blandenguería".

"...si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito".

Citas extraídas del prefacio escrito por Anne Brontë a la segunda edición de LA INQUILINA DE WILDFELL HALL.

***

La primera vez que leí esta novela me quedó en las manos un sentimiento de sorpresa. Anne Brontë era la tercera hermana, la pequeña de la casa, y a la que siempre habíamos creído poseedora de un talento inferior al de sus dos hermanas, Charlotte y Emily. Y más aún, una muchacha muy tímida que nos ofrecería unas novelas igualmente ruborizadas y como pidiendo perdón por haber sido escritas. Sin embargo, sus dos títulos, "Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall" desmienten de inmediato estas equivocadas creencias que según algunos biógrafos podrían provenir en parte de una errónea gestión de su obra por parte de Charlotte a la muerte de Anne en 1849, en especial por la muestras que pareció dar de una cierta desaprobación por el contenido de la novela que hoy me ocupa. Publicada en 1848 logró un gran éxito, hasta tal punto que en menos de un mes se hubo de sacar una segunda edición. Pese a la buena acogida por parte del público mientras Charlotte vivió ¡no permitió que se reeditara! Es más, en 1850 llegaría a decir lo siguiente: "The Tenant of Wildfell Hall, de Acton Bell, tuvo... una acogida poco favorable. No me extraña. La elección del tema fue un completo error. No puede concebirse nada menos congruente con la naturaleza del escritor". Es cierto que dividió a la crítica y algunos la calificaron de demasiado cruda, pero otros valoraron su realismo, por lo que Charlotte no parece que fuera con estas declaraciones muy fiel a la verdad. Pero serían sus palabras las que prevalecerían y acabarían, junto con otros factores, distorsionando y dando la idea de una obra menor.

Mi intención, en mayor medida que en otras ocasiones, es no dar demasiados detalles, pues para aquellas personas que la lean por primera vez me parece deseable que sepan lo menos posible. Os puedo decir que es la más moderna de todas las escritas por las hermanas Brontë, incluso algunos lectores hablan de haber encontrado en ella un cierto grado de feminismo, porque se atreve a tratar un tema, que por desgracia sigue de actualidad, con una gran franqueza y con ánimo de prevenir a las jóvenes de su época. Y si bien no parece que la intención de Anne fuera la de ser una representante de este movimiento, ni ser consciente de seguir sus preceptos, como decía, el tema que trata y cómo lo trata nos indican que no es descabellado, ni mucho menos, describirla como feminista. Aunque en ningún momento en el prefacio lo menciona se ven en ella unas convicciones tan firmes, un amor propio como mujer, una lucidez de pensamiento y sobre todo una consciencia como individuo, con independencia de su género, que la sentimos muy cercana a la mentalidad actual.

Con lo dicho con anterioridad y el breve resumen que encontraréis a continuación, espero que sintáis mucha curiosidad y no podáis aguantar la las ganas de leerla, pues de veras merece la pena. Tiene una trama que desde el principio atrae.

Wildfell Hall es una antigua mansión que presenta un aspecto desvencijado y ruinoso. Cuando una misteriosa mujer acompañada por su hijo se instala en ella causa una gran extrañeza en la comarca y pronto el carácter extremadamente reservado e independiente de la dama que, además, rehuye el contacto social despertarán la curiosidad y el recelo de la vecindad. 

Y hasta aquí. Soy consciente de que la mayoría a estas alturas sabrá más del argumento de la novela. Que en la propia contraportada se puede acceder a más información de la que yo doy y que hay lectores que la han comentado en las redes, pero quiero dejarlo así y me gustaría que aquellos lectores, que los habrá, que no saben nada de ella, que hagan lo posible por mantener un mayor misterio y resistan la tentación de buscar más datos. La sorpresa será mayor. Y aquellos que tengan a bien escribirme comentarios, les pido que lo hagan con el mismo cuidado y traten de dar la menor información posibles. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.
Parte de la bibliografía: Introducción de "Agnes Grey", de Anne Brontë, en Cátedra. 

domingo, 27 de enero de 2019


"-¿Si me gustaban sus libros? Oh, muchísimo. No lo vi mucho después de Cambridge, y nunca me mandó uno solo de sus libros. Los escritores, como usted sabe, son olvidadizos. Pero un día compré tres de ellos en una librería y pasé muchas noches leyéndolos. Siempre había estado seguro de que escribiría algo bueno, pero nunca llegué a suponerlo capaz de algo tan bueno. Durante su último año aquí... No sé qué le pasa a este gato, es como si fuera la primera vez que ve leche...".

LA VERDADERA VIDA DE SEBASTIAN KNIGHT, de Vladimir Nabokov. 




A los escritores de nuestra vida podemos llegara a través de diversos caminos, viendo sus libros en una librería o biblioteca, por la recomendación de otro lector en el que confiamos, por su mención en los libros de otros autores que los admiran o no, etc. Pero va a ser nuestro propio pellizco, ese clic necesario el que nos va a entregar definitivamente a esos escritores. Podemos después ampliar la información y los conocimientos a través de biografías, estudios literarios o artículos, pero son aquellos detalles que a nosotros nos motivan y emocionan de un modo especial los que nos van a convencer del todo.

En los libros de Vladimir Nabokov vamos a encontrar infinidad de detalles únicos, pero cada lector tendrá unos que sean más preciosos que otros. A mí me enamora, entre otros, lo bien que trata a los animales en sus libros, con el mismo respeto que le merece cualquier otro personaje y su aparición en sus novelas no se debe a un capricho, no los coloca ahí de forma gratuita o como un mero elemento decorativo, tienen un propósito. Por supuesto, las mariposas. Siempre va a revolotear alguna en sus novelas y deben su aparición a la propia vida de Nabokov, pero también poseen un significado propio. Los perros. En "Pnin", la aparición del perrito blanco hace la novela más deliciosa y el final no sería tan entrañable si no apareciera este perro. Cómo actúa Pnin con él te deja al acabar la última página con una sonrisa en la boca y en el punto exacto de las pupilas que dan justo al interior de las emociones más gratificantes. En "Rey, Dama, Valet" todos los personajes son reprobables, algunos son realmente malvados y el único personaje bondadoso es el perro. Es él el que nos da la medida exacta de la catadura moral del resto de personajes. También aparece un gato, pero su propósito es más misterioso, lo que no impide que resulte inolvidable. En "Gloria" hay un gato también. Y en la novela que estoy leyendo ahora, "La verdadera vida de Sebastian Knight" los gatos los introduce de forma muy enigmática y te producen una alegría inicial si eres un amante de estos hermosos animales, pero a continuación viene la inquietud, vienen las preguntas. Porque en Nabokov no hay nada improvisado, todo tiene un porqué: "-Debo confesar -dijo mientras acariciaba a un suave gato azulino de ojos verdes, aparecido de quién sabe dónde y que se había acomodado en su regazo- que sentía lástima por Sebastian en ese primer período de nuestra amistad". Podría dar muchísimos ejemplos más, la aparición de animalitos en la obra de este escritor me entusiasma y más aún al captar su propósito y me intriga y me empuja a elaborar conjeturas sobre el propósito que queda más camuflado a veces hasta mucho tiempo después de terminar la lectura. 

También me entusiasman sus continuas referencias a obras literarias y escritores. Recuerdo en "Gloria" las menciones del protagonista sobre Chéjov que son una delicia absoluta. Y en "La Dádiva" en un fragmento muy significativo dice algo sobre Dostoievski que resulta muy interesante, ya que son sus polémicas opiniones sobre este escritor de las que más sorprendieron en su momento y siguen pasmando a los nuevos lectores que las conocen. No digo nada más para dejaros con la curiosidad y vayáis a leerlo vosotros mismos. Pero os puedo decir que ese texto en esta novela dice algo que es buenísimo si lo relacionas con sus opiniones sobre su compatriota. 

Luego está la belleza tan triste de su añoranza por su patria, cómo trata el amor, cómo se entrega a los escritores y obras que admiraba... Sus menciones a Charlie Chaplin, el papel de las paredes y las reminiscencias de su infancia... Hay tanto en las novelas de Nabokov que puedo venir cada día y recrearme en las sensaciones que producen en mí con esa ilusión que tenía su más pura expresión e intensidad en la infancia, pero que enriquecida con mi trayectoria como lectora adquiere unos tintes únicos de auténtica felicidad.

Hoy domingo leyendo de nuevo a Nabokov mi mente se enreda en el engranaje perfecto de sus novelas y me siento otra vez maravillada. Cuando termino un libro suyo leo a otros escritores y los disfruto y admiro también, pero volver a Nabokov se me ha convertido en algo obligado, tiran de mí sus títulos que me miran desde mi biblioteca con ojos tan verdadero, tan honestos, aun con todas sus trampas, que son para mí promesas seguras de experiencias -casi- perfectas. La perfección la alcanzaría se pudiese aislarme del todo del mundo al menos durante unas horas, rescatar la sensación infinitamente agradable de haber eliminado toda posibilidad de  interrupción. 

Texto. Ana Martínez García. 

martes, 22 de enero de 2019

Me he leído MADE IN ENGLAND, de Doris Lessing con verdadera ansia. Es el último libro que he terminado y saltándome tres o cuatro que tengo pendientes para escribir sobre ellos me he venido a gritaros mi entusiasmo. ¡Es que hacía demasiado tiempo que no leía un libro suyo!

Ella siempre tiene la facultad de bajarme los pies a la tierra y cuando voy comenzar a reprocharle su falta de romanticismo ya llevo tres cuartas partes del libro y me ha conquistado de nuevo. Por un motivo u otro leer sus libros dejan en mí una huella imborrable, a veces molesta, y es que me hace pensar demasiado. Nunca sus títulos me dejan indiferente, me dejan reflexionando y llegando con disgusto a conclusiones incómodas. Me digo, "vaya, ahora que me había leído un libro que me hacía soñar y he podido largarme lejos de la ingrata realidad me pongo con la Lessing y lo estropea todo". Y es que ella era una grande y los grandes tanto en sus ficciones como en sus libros autobiográficos -este lo es-, nos van a dar verdades incómodas y como son tan buenos no vamos a poder rebatírselas. Pero es tan necesario, maldita sea, a los grandes no podemos dejar de leerles, aunque nos den cuatro bofetadas bien dadas. 


Recuerdo cuando leí "El quinto hijo". Ya lo he contado mil veces, pero me gusta repetirme por mi propio placer, rememorar una y otra vez el primer contacto con un escritor que pasaría a formar parte de mi caminar como lectora. Compré el libro y me puse en una terraza de Murcia a leerlo con un yogur helado. Me veo a mí misma pasando las páginas y ya diciéndome que no era nada romántica la señora; pasando las páginas y darme cuenta de que está anocheciendo y tengo que coger un autobús. Lo leí en nada igual que este y nunca lo he olvidado, como no olvidaré este tampoco. 

Qué puedes hacer cuando en la primera página ya lees lo siguiente, "Debo confesar, para dejar de lado las confesiones ya desde el principio, que tendría unos seis años cuando llegué a la conclusión de que mi padre estaba loco", sino seguir leyendo. Doris Lessing vive en Zimbabue y desde niña ha deseado ir a Inglaterra, "Inglaterra era para mí un grial". Al fin en 1949 viaja  hacia el mito inglés, pero Londres todavía acusa los destrozos de la II Guerra Mundial y no va a ser tan fácil amar la ciudad y encontrar ese temperamento típico inglés. "Por entonces, yo todavía no había aprendido a disfrutar de Londres. Se lo dije. Negó con la cabeza y contestó que eso requería tiempo. Pero que si yo quería, me enseñaría algunas cosas. Después subió corriendo para bajar una reproducción del Puente de Charing Cross, de Monet". No llega, además, en su mejor momento, atraviesa una mala situación económica, depende de ella su hijo pequeño, arrastra las secuelas, seguramente, tras dos divorcios y el haber dejado atrás a sus dos hijos mayores -aunque no menciona en este libro ni a sus ex maridos ni a sus hijos-, pero también tiene el firme propósito de poder dedicarse a la escritura en el país de sus ancestros y su determinación no la dejará rendirse.

Doris Lessing no es de quejarse, ella no te va a estar vertiendo lagrimitas. Describe la situación tal cual es, desde el punto de vista de la escritora que observa a su alrededor con objetividad, lo plasma sin adornos, sin eufemismos, sin colorear la realidad. Se echa de menos saber más de sus sentimientos y se agradece cuando estos aparecen muy rara vez. Pero por su escasez los hace más preciosos. No hay en su libro hombres ni mujeres ideales, solo son personas con sus miserias y sus carencias tratando de vivir y sobrevivir con sus castillos de ilusiones desmoronándose cada día. Ese futuro de renuncias, de la grisura de los días, de los desafectos y abandonos los aguarda a todos, pero cómo avenirse a él sin más, con descarnado cinismo. 


Una buena lectura muy recomendable. Para reflexionar, para poner lo pies en la tierra, para saber más de esta gran escritora. Visitarla en aquellos años, en su cuarto lleno de grietas ante su antigua máquina de escribir y saber que lo logró pese a los momentos tan complicados que tuvo que vivir. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.
Fotografía en blanco y negro no he encontrado quién fue el fotógrafo.