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jueves, 12 de septiembre de 2019


Pensé en aquella mañana y en cómo se nos había antojado disponer de todo el tiempo del mundo. Y ahora parecía que ya no quedaba tiempo.


Podemos decir que esta novela nos habla del arte, de la literatura, del amor, de las relaciones familiares. Podemos decirlo y es cierto, pero el mensaje más importante de esta novela lo tenéis arriba: el tiempo que juega con nosotros -y nos dejamos, somos colaboradores entusiastas- toda nuestra vida. Vivimos de mañanas y cuando llega la tarde, una tarde de invierno, oscurece demasiado pronto y ya no podemos hacer otra cosa que irnos a dormir. 

Esta novela debía ser la confirmación de algo: que Iris Murdoch llegó con "El unicornio" y con "El príncipe negro" se queda para siempre. Pero además será la que me empuje a releer "Hamlet", de William Shakesperare -de nuevo él-; de la referencia encantadora a "Emma", de Jane Austen; la de mi desdoblamiento; la que me dijo que aun en un mal momento me podría acompañar. Y ha sido la de seguir complacida a un personaje complejo, que se queda conmigo, al que le he hablado mucho, desde ese desdoblamiento que mencionaba, que me agradaba, con el que me congratulé en muchas de sus reflexiones sobre el arte, pero que, pese a todo, tuve que recriminarle su comportamiento a medida que va degenerando. No podía ser de otro modo. Pero es que, el pobre, como tantos de nosotros, tal vez perdió la mañana y dejó todo lo pendiente para esa tarde de invierno. 

Bradley Pearson ha pospuesto gran parte de su vida ser el escritor que cree ser. Pero al fin ha llegado el momento de ponerse a escribir la gran novela que lleva dentro y lo ha dejado todo preparado para que nada se lo impida. Sin embargo, no será tan sencillo. Como en uno de esos sueños en los que necesitas con desesperación llegar a un lugar o alcanzar un propósito y van surgiendo todo tipo de impedimentos, a Bradley así le sucede y saltan a escena su hermana con una crisis matrimonial, su ex mujer, la mujer de su mejor amigo, el hermano de esta, un antiguo compañero de trabajo y, quizás, ¿el amor? Pero sobre todo, hay una figura central, su amigo, Arnold Baffin, escritor cuyo gran éxito y facilidad para escribir no dejan de mortificarle. Y en su intento de huir cada vez se verá más y más embrollado hasta un desenlace... Ahí lo dejo.

Dice Álvaro Pombo, en su magnífico prólogo, que quizás algunos le recriminen a Iris Murdoch sus perfectos acabados. Que puedan parecer inverosímiles, dado que la vida no es así, no tiene finales perfectos. La muerte no espera para que todo te quede bien cerrado. Pero, la creación artística, literaria no tiene por qué imitar la realidad, sino representarla, sus reglas no son las mismas. A mí no me molesta en absoluto una novela bien acabada. Detesto más una en la que se vea la ineficacia del escritor que no ha sabido dar con el mejor final. A menudo, no se trata de uno cerrado o no, sino del más adecuado a la creación ante la que estamos. Esta reflexión tomada de la mano de Álvaro Pombo, pasando por mi propia experiencia y preferencias como lectora, me llevan a "La información", de Martin Amis. Gran admirador de Iris Murdoch, alcanzó el final más adecuado, un final magnífico en esa novela. Una novela que es deudora de "El príncipe negro". No sé si alguna vez Amis lo ha reconocido, pero es imposible no ver en "La información" la influencia de esta historia sobre una gran rivalidad entre dos escritores. 

Y es que Iris Murdoch, puedo ya decirlo sin dudarlo, era muy buena escritora. La construcción de sus novelas responde a un propósito que sin perderse se bifurca en otros secundarios. Su literatura se ha expandido, sigue viva. Están bien pensadas, bien desarrolladas y, lo que decía, bien acabadas. Pero sobre todo, encuentran un acomodo en el lector perdido en mañanas somnolientas que olvidan las escasas horas que nos quedan en las tardes de invierno. El lector tiene la responsabilidad para sí mismo de saber lo que es para él una buena obra, de elaborar su propio esquema al que responder y saber argumentarlo. Lo categórico sin desarrollo razonado no sirve para nada. Esta escritora encaja a la perfección en mi esquema y a medida que vaya leyéndola iré argumentándolo. Y será un placer hacerlo. Quien quiera acompañarme, será bienvenido. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

lunes, 24 de junio de 2019


"¡Sí, claro, soy un raro, un rarito como Thoreau y Gandhi!".

"Todos conocían muy bien los límites de sus capacidades mentales. Todavía tenían que explorar los límites de sus capacidades físicas, pero descubrir que era posible despabilar una vela, por ejemplo, suponía una experiencia casi abrumadora para un hombre a quien había paralizado el miedo cuando la compañía eléctrica le había comunicado que le cortarían el suministro si no pagaba la factura antes del día quince del mes corriente".

"Por las noches, en el gran salón, a la luz de las lámparas de aceite, empezaron a organizar conferencias y lecturas de poetas y filósofos. Montaron una obra de Molière. El pastor oficiaba un servicio los domingos, al que asistían sobre todo por curiosidad. Descubrieron una catarata en el bosque y nadaban en la piscina natural que se formaba al pie, mientras Taub los observaba desde una roca como una deidad ctónica en bermudas. Compraron bicicletas; fueron de pícnic por los alrededores. [...]".


La sociedad me parece un ente incompresible al que me tengo que adaptar, pero que por más que lo intento no lo consigo. Quizás en el fondo no lo quiera lograr, porque sería la gran concesión a algo que me parece profundamente equivocado. El deseo de huir es constante, pero no sé cómo hacerlo, ni hacia dónde ir; no sé cómo romper estas cadenas que nos atan a todos. Me siento a menudo como en medio de una multitud, intentando ir en dirección contraria, pero me resulta imposible, me arrastran hacia un precipicio que nos aguarda tras las grandes puertas de un centro comercial con un brillante cartel que pone: REBAJAS. Y todos caemos y todos morimos bajo una inmensa pila de productos desechados. 

Claro que me planto ante determinadas prácticas, pero no me quita la insatisfacción ni la sensación de angustia. Tratar de no perder mi individualidad en este mundo globalizado, cuando devorarlas es su razón principal, requiere un esfuerzo que te depara a menudo más incomprensión de lo que sería lo razonable. Muchos nos quejamos, pero no sabemos qué hacer. Solo me alivian mi malestar -este y otros- los libros y últimamente en especial aquellos en los que se narra el intento de hacer algo diferente, de apearse de esta locura cada vez más deshumanizada. Incluso en los libros donde la experiencia no se logre me parece que me da claves para algún día alcanzar cierto equilibrio entre lo que me marca mi naturaleza y lo que la sociedad me exige. Es por lo que EL OASIS, de Mary McCarthy me llega en el momento en el que más siento que lo necesitaba y mi malestar encuentra un diálogo posible. Qué falla en una utopía: el propio ser humano que no ha alcanzado su pleno desarrollo, su madurez adecuada que le permita desprenderse de aquello que nos enfrenta e impide lograr un propósito común más razonable.

Mary McCarthy en EL OASIS así nos lo muestra. Crea una maliciosa e irónica narración en la que un pequeño grupo de personas a finales de los años cuarenta se marchan a vivir a un entorno natural, recuperando las formas de subsistencia más sencillas y compartiendo el trabajo manual sin jerarquías. Forman una comunidad que llaman Utopía y es su forma de negarse a ser parte de un mundo que entraba en la Guerra Fría con las dos superpotencias adoptando posiciones para echarse un interminable pulso en el que el que casi todo valdría y fuera cuales fuesen las pérdidas humanas. El silbido de la amenaza de la bomba atómica sonando en sus oídos podía ser para muchas personas una amenaza insoportable que los impeliera a actuar. El propósito, cómo no, es loable y el dar el paso es asombroso. No es el "sálvese quien pueda", sino hacer algo, demostrar su desacuerdo y tal vez lograr mostrar un mejor camino. Pero aun dándose momentos en la novela de idílica comunión con la naturaleza y reconocimiento de vivir algo hermoso, estos momentos son muy escasos y los conflictos pronto se apoderan de la convivencia. Se han formado en Utopía dos grupos, los realistas y los puristas y comienza la "guerra", siempre las guerras, porque algunos están más pendientes de defender sus posturas que de lograr que el proyecto común triunfe. 

Esta novela no muy extensa augura, en efecto, el fracaso de un experimento de apearse ante unos acontecimientos amenazadores e impuestos, ante unas formas obligadas de conducirse. Pero con su aguda mirada, la autora, nos puede dar algunas claves que junto a las de otros escritores que han escrito sobre la inconformidad de grupos de personas, nos pueden servir para lograr creer en una nueva formulación de lo que podría ser un modo de vida en la que se logre al fin dar con un modelo válido y alternativo a lo que nos viene dado. Vivimos tiempos en los que se ha instalado un gran cinismo, que parece que no son posibles otras alternativas, pero resignarnos a un mundo tal cual es supondría un fracaso que nos llevará a un retroceso humano de incalculables consecuencias. Me parece que para muchas personas se están cruzando unos límites que son cada vez más inaceptables y ante los que ya no se puede fingir inocencia y mirar para otro lado. 

Mary McCarthy tomó como modelo para esta novela a algunos de sus amigos, a compañeros de trabajo, a conocidos intelectuales de la época e incluso a parejas que había tenido, ridiculizando sus posturas y creando una sátira que no los dejaba muy bien parados. Se creó un gran revuelo en su momento y enfadó mucho a algunos de ellos. A mí es lo que menos me importa en la novela. Sientes curiosidad, pero entiendo que el autor puede tomar los modelos de alguna parte. Mary McCarthy es verdad que lo hizo disimulando muy poco y sin suavizar nada sus descripciones, pero como lectora lo que me interesa es lo duradero que obtengo de su lectura y quizás esas claves de las que hablaba. A mi entender ella no se burla de los propósitos, sino de las pequeñas miserias y egos de este grupo, de sus miedos no afrontados y de la hipocresía que esconden tras sus fachadas de gente comprometida que al final quiere imponer su razón e impide que esos buenos propósitos se lleven a cabo. Su gran amiga Hannah Arendt definió esta novela de "pequeña obra maestra". A ella, desde todo lo vivido con anterioridad, la sorprendía la ingenuidad de todos aquellos intelectuales que encontró tras su exilio a Estados Unidos. Ella decía que "la utopía es el verdadero opio del pueblo". Que así surgían los totalitarismos. El escollo es siempre el mismo, lo que no se está haciendo bien es la formación plena del ser humano que no ahogue los individualismos, sino que los potencie en la más positiva de sus acepciones y buscando un ético equilibrio de convivencia en sociedad con la imperiosa necesidad de conservar la naturaleza y no destruirla como estamos haciendo. ¿Es posible? No lo sé. Pero no buscar alternativa mejores, dejarnos conducir por lo imperante tampoco me parece la mejor solución. Hay que seguir buscando, hay que seguir planteándose modos de vivir más éticos. 

Confieso mi incapacidad para encontrar soluciones, solo puedo gritar que el ser humano cada vez más me parece el menos humano de los seres y, desde luego, el más destructor. Busco claves en estos libros, busco al menos crear la pequeña ilusión de que es posible.

Foto y texto: Ana Martínez García. 

jueves, 6 de junio de 2019



Conocí TRILBY, de George du Maurier a través de El mago, de John Fowles. Tras investigar un poco de inmediato sentí una gran curiosidad por su trama y el interés se agudizó aún más al saber del enorme éxito que tuvo cuando se publicó en la última década de la época victoriana. Fue tanta la fascinación de los lectores por esta novela que se habló de la "Trilbymanía". En el postfacio de esta edición de Funanbulista escrito por Max Lacruz Bassols, nos da, además, el dato curioso de que el autor, en realidad caricaturista e ilustrador, se la ofreció a su buen amigo Henry James y que este la rechazó, aduciendo que era un regalo demasiado generoso y que debía escribirla la propia persona que la había ingeniado.

Tras leerla me encuentro dividida. No me ha parecido una buena novela. Se nota demasiado la inexperiencia del autor y resulta un texto un tanto inconexo, ingenuo a menudo y tiene unos personajes estereotipados con los que no logras ni empatizar ni sentirte demasiado atraída y en los que a menudo el discurso es incoherente con lo que realmente parecen ser. Se translucen unos pensamientos del autor más avanzados, que necesitara mostrarlos, pero se frena y no se atreve a ir demasiado lejos y da pasos adelante, para enseguida volver al redil de nuevo. Aun así, para la época, fue una novela que al lector inglés impactó y deleitó. Ese mundo de artistas, de bajos fondos, con personajes de "mal vivir", mujeres "perdidas" y una trama basada en la hipnosis que atraía muchísimo en esos años, la convirtió en una obra muy leída.  

Dicho lo anterior, y aunque parezca lo contrario, me ha merecido la pena leerla y en algunos momentos la he disfrutado verdaderamente. George du Maurier desarrolla, en efecto, una trama tan simple que con unas cincuenta páginas o menos, tal y como la trata, le hubieran bastado. Hasta más allá de la mitad del libro no se centra en ella. Pero el resto del tiempo se dedica a describir la vida bohemia de París a finales del siglo XIX y es lo que para mí salva el libro. Tuve una época en la que me obsesionaba viajar en el tiempo hasta la ciudad de la luz, al Barrio Latino, Montmartre, en resumen a la margen izquierda; subir a las buhardillas de artistas y conocer a pintores y escritores, grisetas y modelos e inconformistas que odiaban y huían de una vida encorsetada. Buscaba libros, películas, cuadros y fotografías que me llevaran hasta allí y cuando daba con ellos los leía o visionaba una y otra vez. En este sentido me ha gustado mucho y me ha sido amena la lectura. Sí, es verdad que es una historia que se regodea en los tópicos, de bohemios de buen corazón, con un malvado, cómo no, una damisela de dudosa reputación, pero de inmenso corazón y una trama atrayente que bien desarrollada se le hubiera podido sacar mucho más partido y que te deja muy a medias. Y el final es un auténtico horror, pues una Trilby que se la dibuja al principio muy interesante, moderna, acaba siendo una caricatura de la griseta que arrepentida por amor poco menos que están a punto de canonizarla y todos quedan obnubilados por su luz de santidad. Pero, como decía, luego también tiene toda esa parte de descripciones de lugares emblemáticos de París, de asomarnos a través de las ventanas de las buhardillas y las escuelas de arte y ver un mundo fascinante, entre real e inventado, que me ha gustado mucho. Adolece de lo que adolecen muchas novelas hoy en día, como puede ser mucha documentación histórica, diversos datos entre medias, echar mano de la propia biografía y que no se mezcle bien con la ficción, divagaciones que no siempre tienen sentido ni razón de ser y quedan, ahí arrinconadas, una trama y un valor literario mínimos. Es una novela de más de cuatrocientas páginas con mucho relleno. Digamos que la carne está cruda y el relleno delicioso. 

No la recomiendo a quien busque una buena novela decimonónica bien trazada, redonda, con grandes personajes. Para los que la trama sea lo principal ni acercaros. Pero, para aquellos que como a mí este mundo os haya atraído u os atrae, nostálgicos de aquel París de finales del siglo XIX, podréis encontrar provechosa vuestra lectura y disfrutarla en una buena parte. Se lee bien, en especial la primera mitad del libro, las referencias musicales, literarias, pictóricas son una auténtica gozada y las ilustraciones del propio autor son muy bonitas. Si no os decidís a leerlo, al menos investigar sobre todo lo que rodeó a la publicación de este libro, pues es muy interesante. Y en su relación con Henry James  y abuelo de Daphne du Maurier y de los niños que inspiraron Peter Pan, pues también os puede resultar muy atrayente y os apetezca conocer más de este artista. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

jueves, 23 de mayo de 2019



No había que burlarse de los muertos. Sobre todo, no había que provocar a los fantasmas.

Desde aquella sesión de manicura, no me interesaba en absoluto convertirme en una jovencita. Miraba el suelo apisonado por el peso de mi cuerpo repitiéndome que no quería sujetador, ni medias de nailon , ni laca de uñas, ni sangre entre las piernas. Quería árboles para trepar, quería mis mocasines llenos de barro, que corren cien veces más que los zapatos nuevos y que las sandalias de adolescente. Y, sobre todo, no quería aceptar que lo que hasta ahora me había empujado a saltar de la cama cada mañana acabaría importándome muy poco, mientras que la vida continuaría sin mí. Me dolía demasiado pensar que la vejez me lijaría las mañanas, dejando serrín de madera nueva en la puerta de la habitación.

BONDRÉE LA FRONTERA DEL BOSQUE, de Andrée A. Michaud.


Se pueden erigir furiosos los fantasmas ante los intrusos que entren sin ser invitados, invadiendo los lugares sagrados, donde un dolor invisible, pero todavía latente, continúa reclamando su altar.  

Bondrée es un lugar de veraneo rodeado de bosques donde las familias despojadas de responsabilidades y prisas, disfrutan de sus vacaciones sordos y ciegos a los insistentes avisos de peligro inminente que la naturaleza que los rodea intenta transmitirles; el idioma de los árboles hace siglos que los hombres lo olvidamos. Necesitarían, arropados por el tiempo laxo y de una sensación de vida sin más sobresaltos que los raspones en las rodillas de los niños, de una prueba más contundente. Y así, la desaparición de la joven Zaza Mulligan los sorprende dormitando al sol, en medio de una canción; los gritos de terror por un momento se cuelan entre las risas, entre el propio griterío de los veraneantes. Y entonces, alguien baja la música y el verano acaba de golpe, con el ruido espantoso de una trampa de animales que asoma en la tierra -¿olvidada?- su rostro atroz.

Bondrée la frontera del bosque es un thriller muy bien trazado, con un desarrollo sin altibajos que impide que decaiga el interés y un final que sorprende, bien cerrado y que no decepciona. 

Quienes le pedimos a este género que sea algo más que una trama bien urdida, no nos sentimos defraudados con Andrée A. Michaud, destacando sus descripciones del bosque, escenario de los crímenes, que lo muestran en toda su belleza y misterio, con una atmósfera inquietante, entre irreal y tangible, y la psicología de los personajes, reflejando con precisión los cambios profundos y permanentes que se producen en las personas ante la presencia de la crueldad humana.

Mencionar, por último, a dos personajes de los que quisieras seguir sabiendo tras cerrar la novela. El hombre de los libros: "Los libros nunca te hieren, por eso los había elegido" y una niña inteligente y muy especial a la que vemos dejar atrás la niñez antes de tiempo, tras la aparición de un miedo diferente y la pérdida irreparable de esa sensación de seguridad, de arropamiento que se siente en la infancia en el entorno familiar. La vida ya no será esperar los largos veranos, meter tesoros en su caja de hojalata y el futuro que parecía no significar demasiado será una nebulosa de la que estar pendiente con el temor de no saber que se esconde tras ella. 

Este es uno de los libros que me tocaron en el sorteo de Alianza Editorial y aunque no me ha enamorado tanto como "Hermano", de David Chariandy, he disfrutado de su lectura y en ningún momento se me hizo pesada y mucho menos aburrida. Se lee muy bien y con un final bien rematado, que para mí es muy importante en este tipo de libros. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

lunes, 13 de mayo de 2019

...conozco un lugar, de hecho, donde toda una colonia de literatos fue víctima de un demonio particularmente emprendedor.

La gente, sin embargo, confunde a menudo el talento literario con la integridad moral. Tiende a medir su propia existencia con el metro de la literatura más banal, esa en la que se exaltan los valores positivos, donde todo se resuelve en función del bien colectivo, en la que los malvados pierden y el bien triunfa. Pero si todo fuera tan sencillo yo no estaría aquí contando esta historia.

UN ASUNTO DEL DIABLO, de Paolo Maurensig.


El escritor italiano Paolo Maurensig en Un asunto del diablo elabora una sátira vestida de thriller sobre cómo el deseo de trascender a través de la escritura puede apoderarse de todo un pueblo y propiciar que el mismísimo diablo, adoptando la figura de un importante editor, haga de las suyas. Tan solo un extraño sacerdote sabrá de su existencia y tratará de detenerlo. 

Si extrapolamos lo que sucede en este pequeño pueblo, en el que todos se vuelven locos por publicar, a la actualidad en la que son numerosos los que creen -o creemos ja,ja,ja- llevar dentro un escritor en potencia, nos damos cuenta de que estamos ante una novela que de un modo muy ingenioso reclama cierta depuración del oficio de escritor y se burla de la arrogancia de tantos que ante la accesibilidad de las sencillas herramientas de escritura confunden vanidad con talento. En este pueblo sus habitantes con tal de ver sus escritos publicados o ganar un concurso literario serán capaces de amordazar su dignidad y sentido común y libres de las protestas de éstas "aguafiestas" caer en el esperpento e incluso en lo delictivo. Así vemos a menudo escritores o aspirantes a escritores que en las redes pueden llegar a comportamientos que van más allá de la legítima promoción de su trabajo que nos producen un poco de vergüenza ajena. 

Por medio de una trama ingeniosa, desarrollada con agilidad, que nos despierta el interés desde el principio y un desenlace que no está nada mal, el autor pretende aportarnos algo más importante que la mera resolución de un misterio y nos invita a la reflexión sobre el abanico de vanidades que airean la parte menos bonita de la comunidad literaria. Y así como a menudo los thrillers nos impelen a leer demasiado rápido y a no fijarnos en detalles que nos parezcan superfluos para el esclarecimiento de un crimen, en esta inteligente novela se disfruta de toda la lectura y no se desecha nada. Se lee con gusto y te deja con ganas de repetir con este escritor. 

Además, si os fijáis en la bonita portada del libro hay un precioso zorro. No está ahí por mero adorno. Este animal es muy importante en la novela. El autor aprovecha su simbología para aportarle un plus inquietante a la trama y dotarla de un mayor significado. Deciros que a medida que iba leyendo sentía más y más curiosidad por este animal e investigando descubrí numerosos detalles muy curiosos en interesantes sobre él. Además, como dato anecdótico, averigüe que dependiendo de nuestra fecha de nacimiento tenemos un animal espiritual y me coincidió que es el zorro, precisamente, el mío. Si leéis esta novela, no dejéis de lado la simbología de estos bellos e inteligentes animales, ya que enriquecerán vuestra lectura. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

domingo, 5 de mayo de 2019



El jardín literario pudo actuar como aliciente, en mi caso, a una edad muy temprana, mientras leía con ese ensimismamiento tan único -y por siempre irrecuperable- propio de la lectura de la infancia, cuando un mundo ficticio invade el real y una ya no sabe distinguir cuál es cuál.

Un jardín, y la jardinería como actividad, eran tan terrenalmente reales para Virginia Woolf como para cualquier persona; pero, en sus obras de ficción, jardines y plantas son manipulados, reinventados, sometidos al propósito del discurso narrativo en cuestión. Esto sucede una y otra vez, como veremos, a manos de distintos escritores; el jardín de ficción estará enraizado en la experiencia personal del autor, pero en el papel se convierte en una metáfora. 


Hay libros que llegan para regalarte el silencio. Un silencio de vientos que llevan meciendo las flores, plantas y árboles de los jardines desde tiempos inmemoriales, desde el primer jardín del Edén. Que te piden que pares y sientas, que aplastes los relojes bajo tu anhelo de paz, que vuelvas a pasear con los sentidos entregados. Hay libros que llegan para quedarse a tu lado y ser lectura y catálogo de vida. 

 
     
Algunos de los libros citados.
Vida en el jardín, de Penelope Lively es un libro que me enamoró de inmediato desde su bella portada, pero no siendo partidaria de flores sin aroma no fue hasta adentrarme entre sus páginas que estuve segura de que me aguardaba un paraíso de fragancias deliciosas que me han acompañado desde la primera a la última página. Y del aroma de las flores con la mezcla del de los libros y de la pintura de los cuadros ha resultado una fórmula realmente embriagadora y un absoluto disfrute para los sentidos. La autora repasa los jardines de su vida, tanto reales como literarios y artísticos. De lo que han significado para ella y para diferentes escritores y artistas que también fueron jardineros de pala y rastrillo y de pluma y pincel. Cómo se han relacionado con sus jardines y cómo los han llevado a sus obras. Nos va a llevar a visitar -y qué placer que lo haga- los de Jane Austen, Virginia Woolf, Elizabeth von Arnim, Beatrix Potter, Willa Cather, Elizabeth Bowen, Philip Larkin, Monet, Matisse, Edvard Munch, Van Gogh, etc. Nos habla de famosos jardineros que fueron referente imprescindible para muchos amantes de la jardinería, entre los que señala a nuestra conocida Vita Sackville-West. Pero sobre todo es un libro de una escritora que ha amado y disfrutado enormemente una actividad que ha enriquecido todas las demás facetas de su vida. 

Me he encontrado con una escritora que me ha hablado con sereno entusiasmo, desde sus ochenta y tres años, y me he quedado prendada de su voz. Es un libro precioso, que se lee con gusto. Lo he disfrutado, aunque en mi casa es mi marido el que tiene el secreto de la confiada caricia de las flores, que crecen bajo sus manos, bellas y llenas de aroma. Yo me limito a llevarlas, agradecida, a los libros con los que se entienden a la perfección. No importa si no tienes un jardín, ni siquiera un pequeño cactus, se disfruta porque está bien escrito, con manos que saben su oficio, manos diestras, tanto en la escritura como en la jardinería. Cómo me gustaría ver su jardín y su biblioteca, deben dejar aromas parecidos. 

Editorial Contraseña.

Penelope Lively ha llegado a mi vida para quedarse y como podéis ver en la tercera fotografía ya tengo dos títulos más esperándome. 

Texto y fotografías: Ana Mª Martínez García.

sábado, 27 de abril de 2019

Llegó el otoño, el otoño lluvioso y triste, que pasamos encerrados en casa, con la madrastra severa, nuestro padre completamente entregado a ella, el niño quejumbroso y la tía reumática.

Desde que sabía que eso era lo que a él le gustaba, olvidaba todas mis antiguas quejas en contra de las costumbres patriarcales de nuestra casa, y me parecía que yo misma había escogido aquel tipo de vida y que me gustaba.


Descubrí UN MATRIMONIO DE PROVINCIAS en el propio perfil de la editorial Contraseña. De inmediato me llamó la atención y más aún cuando me puse a leer sobre ella. Publicada en 1885 por Marquesa Colombi, seudónimo de Maria Antonietta Torriani es de un realismo demoledor, "sin miel", dice en el Posfacio Natalia Ginzburg. Y así es, en efecto, retrata sin una pizca de sentimentalismo, queja o adorno que vista de un modo más amable la situación de las mujeres en las postrimerías del siglo XIX italiano. Describe de forma magistral en apenas ciento y pico páginas, no le hacen falta más, cómo la única posibilidad de una mujer pasaba por el matrimonio, el único destino admisible para escapar de una rutina gris, de un aburrimiento hasta la náusea y ser lo que la sociedad les exigía. La posibilidad tenebrosa de llevar de por vida el cartel ominoso de "solterona" las empujaba a no alojar en sus mentes otro propósito que conseguir un marido y, además, convencerse de las bondades de ese futuro manipulado y marcado.  

Denza Dellara lleva una existencia en la que el tiempo parece transcurrir en un inmisericorde goteo de infinito tedio, sin más aliciente que las escasas visitas familiares. Cuando algunos comentarios la hacen ver que es una muchacha muy guapa y que, además, ha atraído la atención de un joven de buena posición, se agarrará con empecinado convencimiento a la esperanza de un pronto matrimonio que la aleje de su monótona vida. 

Es esta una novela muy corta, pero muy contundente y, desde luego, una pequeña joya literaria de una modernidad indiscutible y que os va a sorprender con total seguridad. Para mí ha sido un valioso descubrimiento. Estuvo olvidada durante mucho tiempo y fue Italo Calvino quien la rescató en 1973. Le pidió a Natalia Ginzburg una introducción en la que la escritora italiana explicaría como esta obra había sido una influencia importantísima en su escritura y que leyó por primera vez con apenas siete años, después de traérsela su madre de un puesto de libros viejos. Durante años la releería sin cesar, permaneciendo en su memoria en la más alta estima. Si estoy absolutamente convencida de que esta novela os va a gustar y sorprender, el delicioso posfacio de Natalia Ginzburg os va a enamorar.

AVISO: Os aconsejo leer el prólogo de Cristina Grande, que es muy interesante también y os gustará, sin duda, al final, pues contiene un pequeño destripamiento de la novela. A veces es inevitable para realizar un buen texto sobre una obra. No es un tirón de orejas en absoluto, pero para quien no se le ocurra pensarlo, se lo aviso.

Marquesa Colombi.



Texto y primera foto: Ana Martínez García.