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lunes, 22 de abril de 2019


Cuanto más comprendes qué es la libertad, menos libertad posees.

En el curso de una visita posterior me condujo a una galería que permanecía cerrada. Allí guardaba su colección de autómatas: muñecos, algunos de tamaño natural, que parecía que acabasen de salir de un cuento de Hoffmann. 




Para John Fowles "El mago" era la novela de la que menos satisfecho se sentía, coincidiendo con gran parte de la crítica, que no la acogió tan bien como otros títulos suyos. No obstante, los lectores no estuvieron de acuerdo y siempre ha sido para ellos el más apreciado de sus títulos. Así lo reconocía el autor en el prólogo de la segunda edición inglesa en 1977.  

Nicolas Urfe, joven insatisfecho con los últimos trabajos que ha desempeñado como profesor de inglés consigue un empleo en un colegio privado, situado en una recóndita isla griega, Phrasos. Atrás quedan el nebuloso Londres y Alison, la chica con la que se había estado viendo. Nada más llegar queda deslumbrado por la belleza de la isla y comienza expectante su nueva andadura profesional. Sin embargo, pronto las aburridas clases y la escasa comunicación con sus compañeros que apenas saben inglés lo impelen a alejarse del colegio y encontrar solaz en la soledad del mar. Y es en una de sus frecuentes excursiones que va a encontrar una solitaria villa con un propietario misterioso y fascinante que le hará sentir que tiene unos planes muy especiales para él, pero que la naturaleza y el propósito de esos planes tendrán que esperar para serle desvelados. 

Los libros como sabéis tienen tempos diferentes. "El mago" te va llevando en un suave vaivén de las olas. Avanzas intrigada, pero con apenas sobresaltos. A la vez que el joven Urfe vas haciendo pequeños descubrimientos y como en un teatro solo para ti asistes a la función con tranquila curiosidad. Disfrutas las descripciones de la isla; las conversaciones sobre arte y literatura y las narraciones que se adentran en el pasado del anfitrión a la luz de las velas en la terraza de la villa te van seduciendo cada vez más. El olor salubre del mar te invade los sentidos y otro olor, menos evidente al principio, olor a sexo, que linea a linea se va intensificando, flota en el ambiente sobre oleadas de calor. Cada vez hay más dudas, llega un momento en que hay demasiadas, no puede, no puedes confiar en nadie. Y entonces..., hacia la mitad de la novela da un giro que te sacude en tu serena lectura y la voluptuosa expectación se tronca en inquietud y febril avance hasta el final. 

Compleja, inquietante, extraña novela que me ha fascinado. Fowles dijo que era "una novela de adolescencia escrita por un adolescente tardío". Y entiendo el porqué. El adolescente sueña con vivir aventuras, con el amor y el sexo, a menudo se siente especial y solo en un mundo que no lo comprende y con el que no está de acuerdo. En el horizonte una bella isla, una misteriosa villa, un propietario rico y culto y la posibilidad de vivir algo tan diferente a la realidad que es inevitable que seduzca. Pero, ¿y los lectores que ya dejamos muy atrás la adolescencia? La añoranza de lo que soñamos, de lo creímos posible que nos alejara de esa realidad que suele ser tan gris y prosaica. 

Además de todo lo dicho y de lo que no diré, está Shakespeare y en especial, "La tempestad". Tuve una época en que me leí casi todas sus obras y me quedó, entre algunas otras, este título que debe ser que nunca se resignó a que lo dejara atrás y me ha aparecido con frecuencia. ¡Vale, lo he captado, la voy a leer! Son numerosos los escritores que se sienten en deuda con Shakespeare y le rinden honores. Fowles es uno de ellos y es una maravilla como entrelaza en la historia de la novela las numerosas referencias a esta obra en concreto y las de otras del dramaturgo inglés. Terminé de leer este libro, pero no he acabado con él. Voy a leer, como he dicho, "La tempestad" y algún título más. Es muy gratificante y estimulante cuando has disfrutado una lectura y además anotas varios títulos más que en ella aparecen y deseas leer. Ya os iré hablando con más detalle de ellos. 

Muy buen libro. John Fowles nunca me defrauda. Para eternos adolescentes que soñaron lo que solo encontrarían en las novelas. 

John Fowles en el cuarto donde escribía sus obras.

Texto y foto inicial: Ana Martínez García.


lunes, 8 de abril de 2019


Si se asomaba lo suficiente podía ver una procesión perezosa y revoloteante, las damas de Morgana bajo sus parasoles, intentando mantenerse fresquitas camino de la casa de la señorita Nell. Su madre se fundió con los etéreos y transparentes colores. La señorita Perdita Mayo estaba charlando y los tacones de las damas repiqueteaban y silenciaban -silenciaban algo...

Había sillas doradas de patas quebradizas y curvadas como bastones de caramelo, que sólo con tocarlas se deslizaban por el suelo; y estaban prohibidas -eran para el público del recital y eran frágiles a propósito. Había veladores con estatuitas rosa y conchas de carey del color de las adelfas. Las cortinas de cuentas de las puertas se agitaban y repiqueteaban de cuando en cuando durante la clase, como si viniera alguien, pero, a no ser que fuera la hora de un alumno, no tenían más significado que el perezoso parloteo de los petirrojos al aire libre. (Los McLain vivían casi enteramente arriba, excepto por la cocina, y entraban por la puerta lateral). Las cuentas tenían un suave olor dulce y te hacían pensar en largas filas de higos y frasquitos de caramelos llenos de líquido violeta, y regaliz. La Madre de Cassie decía que el estudio era un poco como la casa de la bruja en Hansel y Gretel , "incluyendo a la bruja".


Como una tarde perezosa de verano que se demora recostada en las hamacas de las casas de madera sureñas, con los ojos un poco hinchados por la siesta y que todo lo ve a través del color de una limonada muy fría. Así es la escritura de Eudora Welty en los siete relatos de LAS MANZANAS DE ORO. Es como verse atrapado en una ensoñación por momentos más profunda y en otros más consciente. La música suena siempre y proviene de una ventana alta, con sutiles cortinas blancas que se mecen al viento; un gramófono tal vez o alguien que toca un viejo piano. El sonido sube y baja, adormece unas veces y otras deja notas pegajosas en las tripas.

Desde una ciudad ficticia, Morgana, situada en Mississippi, Eudora Welty nos relata la vida de sus habitantes con su estricta estructura social, las relaciones que establecen y sus dificultades para comprenderse. Los relatos aunque independientes comparten personajes que se irán alternando y adquiriendo más o menos protagonismo en unos y otros. Sin una estricta sujeción temporal sí transcurren siguiendo un particular hilo narrativo que nos lleva a conocer el desenlace de algunos personajes en diferentes relatos.

Eudora Welty nos muestra los recovecos y miserias, grandeza y humanidad de sus personajes a través de una narrativa realista, pero con un inconfundible halo de misterio, como un vaho mágico que convierten cada párrafo en construcciones de una gran belleza y todo sin perder la elegancia en ningún momento, como una dama sureña de irreprochables modales, observadora inteligente que ahonda en el alma humana y en la idiosincrasia sureña. 

No se puede leer a esta escritora con prisas, su narrativa poética, onírica, con abundancia de referencias a mitos, leyendas y cuentos populares para resaltar, no obstante, la realidad de los seres humanos, su misterio y su constante búsqueda de un algo inalcanzable, no permite leer sin detenerse, sin saborear a no ser que obviemos lo mejor del camino, las ondulaciones de un río tranquilo tras el baño de unos niños, con los últimos rayos del sol al atardecer.  

De los siete relatos voy a resaltar "El recital de junio" y "El lago de la Luna" y son los personajes marginales los más interesantes e inolvidables. Destacar muy especialmente la relación de Virgie Rainey, una niña muy particular, y su profesora de piano, que tocarán por siempre juntas en mis recuerdos Für Elise con momentos de contenida crispación y de fondo el suave entrechocar de esas cortinas de cuentas con olor a caramelo. 

Ganadora en 1972 del Premio Pulitzer por "La hija del optimista", es una de las grandes escritoras sobre el sur de Estados Unidos. Siempre vivió en su Jackson natal en la misma casa familiar. Aunque viajó a menudo por su trabajo como fotógrafa y tras dejar la fotografía y dedicarse a la escritura era solicitada con frecuencia para dar conferencias.


Soy una escritora que ha llevado una vida resguardada. Una vida resguardada puede ser también una vida atrevida. Porque todo atrevimiento serio procede del interior. 


Texto y primera fotografía: Eudora Welty. Desconozco el fotógrafo de la foto de la escritora. 

sábado, 30 de marzo de 2019


Una mañana Francis y yo curioseábamos unos titulares sobre el último episodio violento en una vitrina de periódicos cuando de pronto vi en el cristal nuestras caras reflejadas.

La ocasión en que la vimos pasar un día entero echada en el sofá con un libro sorprendentemente grueso de la biblioteca. Todo un día leyendo, sin ponerse ni una sola vez histérica por las obligaciones. 

HERMANO, de David Chariandy.


Hay libros a los que enseguida les late el corazón, que sus personajes se salen de las páginas para perder su condición de papel y tinta y convertirse en seres de carne y hueso. Así es este libro. Sin llegar ni a doscientas páginas consigue que la historia te importe, te emocione y te duela. Lo leí casi del tirón y cuando tuve que despedirme de Michael, Francis, Ruth, Aisha y Jelly lo hice con pena y de inmediato les añoré. Los lectores sabéis de lo que hablo, esos personajes que se te abrazan y no quieres separarte de ellos, aun con sus duras vivencias, porque son auténticos, son de verdad.

Narrada en primera persona por Michael nos cuenta que su hermano Francis y él han crecido en Scarborough, un suburbio de Toronto, Canadá junto a su madre. De procedencia Antillana desde niños sufren las miradas manchadas de desconfianza, desaprobación y temor de las que solo los prejuicios y la ignorancia son capaces. Su madre, mujer luchadora, que trabaja más horas que tiene el día, que ya sale cansada de casa tras dejarles todo preparado a sus hijos y que se va siempre con un puño en el estómago por el temor de lo que pueda ocurrirles al quedarse solos, pone todo su empeño en trasmitirles que solo estudiar y no meterse en líos les dará la oportunidad que ella no pudo tener. Pero el barrio lucha contra ella y a Francis, que siempre protege a su hermano, que cuida, serio y resuelto, a su madre desde niño, tan carismático que los amigos y las chicas lo veneran, tiene, sin embargo, una fractura en su hermoso ser, que es un abismo. Michael que lo admira y respeta lo ve al filo del abismo sin ser consciente del todo del peligro que corre, cuando es todo lo que tienen él y su madre. Mientras Aisha, inteligente y singular, la primera de la clase, se convierte en una ilusión de camaradería y amor con la que visitar la biblioteca y romper el círculo de predestinación social. Y de fondo la banda sonora de los años noventa, el recuerdo de series norteamericanas y los estilismos imposibles de quienes buscan reafirmarse en unas difíciles circunstancias, para que no les trunquen los sueños. El triunfo será mantener los valores y sentimientos que los hacen mucho más grandes de lo que creen ser y de lo que les dejan creer. 

Dura, pero también hermosa y emotiva. Habla de la familia y la amistad, de la muerte y los prejuicios sociales, de las muchas dificultad que encuentran los inmigrantes, incluso las siguientes generaciones, que ya nacen en el país adoptivo.

Esta novela ha sido para mí una nueva confirmación de que jamás hay que cerrarse puertas en la literatura y conocer a nuevos escritores es siempre una aventura enriquecedora. Por favor, pido a Alianza Editorial que no pierda de vista a este autor y nos traiga todo lo que escriba. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

lunes, 18 de marzo de 2019



Llevaba tiempo queriendo leer a esta escritora, pero siempre había otros títulos que se imponían. Ya sabéis lo insistentes que pueden ser algunos; los hay incluso que son como niños malcriados: "yo primero, yo primero" y empujan a otros y todo. Pero en esta ocasión, un lector al que sigo y en el que confío, Antonio, lanzó de un golpe certero esta novela al primer puesto y llegó reclamando su lectura inmediata y acallando todas las protestas. El golpe de efecto fue el nombre de una actriz: Bette Davies. 

Desde niña me quedaba hipnotizada mirando esos ojos increíbles que no han existido otros iguales en el cine, capaces de reflejar tanto los más hermosos como los más turbulentos sentimientos. Son muchas las películas que he visto y disfrutado de ella, pero de esta, basada en la novela "El señor Skeffington", de Elizabeth von Arnim no sabía nada y fue una maravillosa sorpresa que no me podía perder. Pero, por supuesto, debía imponerse el orden correcto: primero el libro y después la película. 

En el libro encontramos a Fanny, el personaje principal, mujer que ha gozado por su increíble belleza de un gran éxito entre los hombres, lo que le ha permitido un esplendor social en el que era siempre el centro de atención. A punto de cumplir los cincuenta años y con las secuelas de una enfermedad que le han dejado claras huellas en su rostro y cuerpo, el tiempo le hace burlas desde cada rincón de su lujoso hogar anunciándole que sus mejores años pueden haber pasado. La burla adquiere el aspecto de su ex marido que se le aparece a cada momento cuando hace una eternidad que ni pensaba en él. Vamos a asistir a un juego muy divertido que se puede interpretar como un hecho sobrenatural, si se quiere -recurso muy cinematográfico- o simplemente pensar que su mente debilitada por la enfermedad y la preocupación le está jugando una mala pasada. El caso es que Fanny querrá huir de esta presencia insistente que le trae recuerdos ingratos, y en esta huida irá al encuentro de antiguos admiradores para intentar que la tranquilicen, que le demuestren que todo sigue igual y que todavía tiene el poder de despertar un amor apasionado como antaño. 

Podía haber resultado una novela demasiado frívola, que esa razón de ser de Fanny condenada inevitablemente a que el tiempo pronto se la arrebatara, nos las hiciera antipática o nos causara desdén por una búsqueda demasiado superficial. Pero no es así, subyace bajo todo eso una amargura que no se puede obviar. Se va a poner la nota en una mirada educada de forma errónea o insuficiente, condicionada por una sociedad que circunscribe la belleza a la juventud, que condena sobre todo a la mujer a la invisibilidad al paso del tiempo y que convierte su posesión en su mayor y más preciada cualidad y su pérdida en su mayor desgracia; hay una rebeldía sutil, envuelta en una ironía muy inteligente, que está ahí y es un reproche que adquiere su significado simbólico a través de un final que puede parecer acomodaticio -y aun así a mí me emocionó- y que en realidad señala una clara ceguera que solo es capaz de ver y valorar una determinada belleza. El ejemplo más claro está en cómo las personas que no educan su mirada para el arte, por mucho que lo miren no logran ver el milagro, no lo pueden apreciar; fuera de él, en la vida, para mirar a los demás, también se necesitaría educar los ojos, limpiarlos de condicionamientos.

Pero lo magistral de la novela es que esa amargura, esa tristeza que la recorre como una pez tranquilo, que no agita las aguas y queda como al fondo, no impide disfrutar con la lectura, reír y tomarle mucho cariño a Fanny. Hay momentos de una hilaridad maravillosa. Por los suelos me tiraba cuando visita a uno de sus antiguos amores, un sacerdote. Esa visita en la que está él y su hermana, los malentendidos que se producen, es genial, no podía parar de reír. Tiene situaciones resueltas con tanta inteligencia y destreza que a mí me han proporcionado una lectura deliciosa. Repetiré con esta escritora,  sin duda. Ya tengo varios títulos y alguna película más esperando.

La película no la he visto todavía. Necesito un tiempo que repose la novela. Es muy posible que la vea el fin de semana próximo. Ya os contaré. Acaricio el momento de verla y más después de haber disfrutado tanto de la novela. 

Texto: Ana Martínez García.

miércoles, 6 de marzo de 2019





Hoy primero os voy a contar un sueño. Estando en el hospital como acompañante de un ser muy querido mostré LAS HERMANAS ROMANOV, de Helen Rappaport a través de las historias de Instagram. Al poco de volver a casa escribí en Facebook lo que más abajo os reproduzco. Había soñado con Rasputín...

Estoy leyendo este libro y estoy tan obsesionada que no me deja en paz ni despierta ni dormida. Hace unas noches tuve un sueño de lo más inquietante y lo recuerdo con tal nitidez que todavía me produce escalofríos. Rara vez me acuerdo de los sueños, pero este sí ha sido uno de los elegidos y ha quedado indestructible... Hemos pasado unos días en el hospital y acostada en el "agradable" y "confortable" sillón de acompañante tenía enfrente una silla que estaba al lado de la ventana. Pues allí sentado, enfocado por la luna a su pesar, con su largo pelo lacio y grasiento, estaba Rasputín mirándome con esos ojos que no existen palabras en este mundo para describirlos que no sean traídas desde las profundidades más oscuras y misteriosas y volver temblando. ¡Qué miedo sentí! Cuando las brumas del sueño se alejaron, la silla quedó vacía, pero él seguía allí, su presencia llenaba la habitación. No quería volver a dormirme, pero en los hospitales se duerme tan mal y tan poco que enseguida caí de nuevo y ya no sé si permaneció en el cuarto observándome, tan quieto, desde la silla que por el miedo cada vez la sentía más cerca de mí. 

Estoy ya en casa y espero que no siga mirándome... Aunque teniendo en cuenta que todavía me quedan por leer bastantes páginas, temo que me visite de nuevo. Noooooo

Terminé el libro y he de decir con alivio que no volvió o por lo menos no lo recuerdo. Al principio interpreté este sueño como una pesadilla sin más, producto de la lectura del libro y del cansancio, sin embargo, según avanzaba en esta biografía, me quedé con otra interpretación. Cuando Rasputín acudía ante la llamada de los zares, como padres muy preocupados por su hijo Alexey y su dura enfermedad, siempre los tranquilizaba y les decía que se iba a recuperar. Ahora quiero pensar que encontró un camino a través del libro, saltó sobre mi obsesión por este trozo fascinante de la historia de Rusia y de algún modo me tranquilizó también a mí. 

La historia de los últimos zares de Rusia, de sus cuatro hijas y del que tendría que ser el heredero al trono, el pequeño Alexei es realmente fascinante, y la figura de Rasputín, que logró un lugar privilegiado entre ellos, todavía la hace más atrayente. Sabía que este libro me absorbería demasiado y que podría perder fácilmente la objetividad, por lo que volví a ver, para remediarlo en parte, la célebre secuencia de las escaleras de Odessa de la película EL ACORAZADO POTEMKIN, de Serguéi M. Eisenstein. Al encontrarme con el zar Nicolás II y con la zarina Alejandra Feodorovna, padres amorosos y entregados a su matrimonio y a sus hijos, no quería olvidar que como representantes de un sistema autocrático, obsoleto y condenado a desaparecer se habían resistido a los avances sociales que en otros países europeos ya estaban instaurados. Un pueblo empobrecido y más aún, hambriento, tras la guerra ruso-japonesa, no podía permanecer resignado y fiel mucho más tiempo al zar. La I Guerra Mundial empeoraría todavía más la situación y se precipitarían los acontecimientos. Claro, el cambio que se imponía les llevó a un nuevo régimen al parecer aún más terrorífico, pero eso ya es otra historia. Yo lo que pretendía es ordenar mis sentimientos, no olvidar mi compasión por ese pueblo y observar a esta familia desde una perspectiva justa, no mitificándolos ni colocándoles en una posición superior a esos pobres seres. Hubiera sido muy preferible que se acabara con un tipo de gobierno ya insostenible de otro modo, nunca el derramamiento de sangre debería ser el camino para nada, pero mi compasión debía estar junto a todos los que sufrieron, no solamente sentirlo por quienes tienen el foco sobre ellos. Hasta aquí mis precauciones con los zares, que creía necesarias, pero muy distinto era con las niñas y el niñito, ellos eran tan inocentes, estaban tan ajenos a la realidad del pueblo, que con ellos no me servía ninguna película. 

"Miré sus rostros vivaces, jóvenes y expresivos de forma algo indiscreta, y en esos dos o tres minutos aprendí algo que no olvidaré hasta el fin de mis días. Mis ojos se encontraron con los de esas tres desafortunadas jóvenes por un instante, y cuando mi mirada penetró hasta lo más hondo de sus torturadas almas, yo, un revolucionario probado, me sentí sobrecogido por un intenso sentimiento de pena".

Todos los que las conocían las estimaron. A través de estas páginas bien documentadas se erigieron ante mí con sus risas juveniles y sentí toda la pena inevitable por unos seres hermosos que nacieron con el destino truncado, en un momento de la historia tan convulso que tuvieron toda su vida, mientras florecían, la muerte rondándolas. Es imposible no sentir compasión por ellas. He mirado y remirado las fotografías que vienen en el libro, he vuelto una y otra vez al tocador lila de la zarina, hubiera querido coser la ropita de mis muñecas de ojos tristes junto a ella y sus hijas... El último día tan lejano en realidad en el tiempo me pareció leyendo que sucedía justo en ese momento y fue imposible detener la emoción. 

Libro fascinante, bien documentado, con hermosas fotografías y que te deja al acabarlo una gran sensación de añoranza de tan adentro de sus cuartos como entra. 

Texto y foto: Ana Martínez García. 

lunes, 4 de marzo de 2019


"Como conocía muy bien los peligrosos altibajos de mi conciencia temía ver a la gente, herir su sensibilidad o ponerme en ridículo ante ella. Pero esa misma cualidad o defecto que tanto me atormentaba cuando me enfrentaba con lo que se llama el lado práctico de la vida (si bien, y quede esto entre nosotros, quienes llevan o venden libros me parecen extrañamente irreales), se volvía un instrumento de exquisito placer no bien me abandonaba a mi soledad".

LA VERDADERA VIDA DE SEBASTIAN KNIGHT, de Vladimir Nabokov.

Tras la muerte del escritor Sebastian Knight su ex secretario publica una biografía apresurada, oportunista y llena de inexactitudes. Disgustado, el hermano de padre de este autor se propone redactar otra más rigurosa y fiel a la realidad, por lo que comienza una concienzuda investigación. El problema es que los hermanos no mantenían una relación demasiado estrecha y desde niños apenas se veían. Le espera una ardua tarea de búsqueda entre sus papeles personales, obras literarias y entre sus amistades y amores. 

Se puede decir que este título disfrazado de novela de misterio no nos llevará a las conclusiones que esperábamos en un principio, pero nos aportará otras de carácter más filosófico mucho más valiosas.  Sentiremos que Sebastian Knight se nos escapa a cada momento y que cuando parece que vamos a llegar a alguna certeza respecto a él en la página siguiente las dudas nos asaltarán de nuevo y se nos caerá lo construido. Cada avance en la investigación parece acercarnos y a la vez alejarnos aún más de su persona. Hasta los libros que leía parecen llevarnos a alguna parte y no es más que "una lejana melodía que nos resulta familiar, pero por más que prestemos atención no damos con la letra". Y en este ir y venir y volver a repasar lo ya leído con esa sensación que siempre se tiene con Nabokov de haberte dejado algo importante por el camino, vamos a ir a parar al tramo final de la novela que es absolutamente genial y que te deja con el pelo revuelto y y henchida de admiración. Es la magnífica representación de una pesadilla del tipo que tienes que llegar a algún lugar por algo de suma importancia y surgen obstáculos a cada momento; embarcado en esta pesadilla vas a alcanzar las últimas páginas y lo harás jadeando.

Como ya he escrito tantas veces Nabokov al escribir se divierte inventando a cada momento ingeniosas trampas y te mete en laberintos de los que puede costar salir, pero siempre llevan a buen puerto. Su honestidad no nos va a dejar sin certezas, aunque no sean las que creíamos cuando comenzamos a leer. Sus libros no son enrevesados textos que nos dejen al final sin recompensa, con este escritor el premio es perdurable y te acompañará para siempre. Podrás olvidar algunos personajes, situaciones, diálogos, pero nunca esa luz inextinguible que en cierto momento se encenderá para permanecer en ti. Es una de las pruebas más efectivas para saber que Nabokov te puede gustar más o menos, pero la excelencia es indiscutible.

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

miércoles, 13 de febrero de 2019


Pero cuando el invierno descendía sobre Starkfield y el pueblo quedaba cubierto por un manto de nieve que el pálido cielo se encargaba de renovar perpetuamente, empecé a darme cuenta de lo que la vida allí -o más bien su ausencia- tenía que haber sido para Ethan Frome en su primera juventud.

ETHAN FROME, Edith Wharton

Todos los pequeños sucesos cotidianos que habían bastado en otro tiempo para llenar sus horas se le aparecían ahora en toda su mortal insignificancia; y por primera vez en sus muchos años de monotonía se rebeló contra el aburrimiento de su vida.

LAS HERMANAS BUNNER, Edith Wharton



Edith Wharton no nos abre en estas dos novelas breves los salones de la alta sociedad. Al contrario, nos lleva ante personas para los que la vida es una constante lucha por subsistir, tanto desde su vertiente material como sentimental. Personas para los que encontrar una pálida ilusión que avivar y a la que agarrarse cuando sus días parecían predestinados a caer con cada ocaso en la desesperanza o en el aburrimiento, cuando sus sueños habían quedado aletargados y polvorientos. 

En "Ethan Frome" la inclemencia del medio invernal, cruel, nos alcanza en pleno rostro, la nieve nos ciega y en nuestros esfuerzos por ver algo a través de la ventisca que nos golpea atisbamos a un hombre lleno de cicatrices, que parece caminar por su infierno interior con tanta destreza como estoico desaliento. Por qué aquel hombre permanece en un lugar del que cualquiera en su sano juicio huiría. Y las respuestas nos serán dadas con toda su dureza, tan tristes como un lápida olvidada bajo una gruesa capa de nieve. 

La lucha de un hombre bueno por decidir si cumplir con su deber o aprovechar su última oportunidad para amar y ser amado, para que el calor recorra al fin sus ateridos huesos. Las decisiones que pueden dar un giro vertiginoso y estrellar la existencia y el destino inevitable que puede suponer una tumba en vida. Una historia sobrecogedora, perfectamente hilada que nos traslada con increíble destreza ante unos personajes tan bien retratados que continuaremos sintiendo su derrota sobre los hombros tiempo después de conocerlos. Tiempo después seguiremos en la humilde casa de Ethan Frome meciéndonos en la mecedora situada junto al fuego con el gato durmiendo en nuestro regazo llorando todavía por lo que pudo ser y nunca será.

Las hermanas Bunner han quedado detenidas en un pasado de mayor esplendor. Todavía pueden mantener una digna apariencia y su pobreza es pulida con tanto primor, está todo tan limpio y ordenado, su rutina es tan decorosa que todo podría haber quedado así, congelado en el tiempo. Su linda mercería podría haber seguido así en una existencia almidonada y de tranquilo transcurrir. Su té a la hora en punto, la empanada que lo acompaña, sus aposentos junto a la tienda con sus recuerdos y fotografías... las dos hermanas en una cordial compañía, un eterno distribuir los justos ingresos para seguir manteniendo su pacífica existencia  y administrar los silencios que no clamen despertando los anhelos adormecidos.

Cómo puede la existencia derivar en tragedia cuando ya nada se esperaba más que continuara la plácida rutina sin sobresaltos, pero también sin alegrías. Cómo incluso la generosidad y los buenos sentimientos pueden convertirse en una trampa.

Dos novelas breves que me he leído abrigada con un viejo chal de lana, junto al fuego, bebiendo una taza de té y comiendo empanada de carne. Dos camafeo que guardan los mechones del cabello de personajes que nunca existieron y, sin embargo, aquí los tengo, mi gato les da con la patita. Estas historias del pasado que una buena escritora me brinda y yo tomo con profundo agradecimiento. Ningún plan me es más grato que preparar mi maletín de Mary Poppins para irme al pasado y traérmelo lleno de vidas con olor a naftalina que cosquilleen en mi nariz mientras juegue con ellas. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.