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lunes, 13 de mayo de 2019

...conozco un lugar, de hecho, donde toda una colonia de literatos fue víctima de un demonio particularmente emprendedor.

La gente, sin embargo, confunde a menudo el talento literario con la integridad moral. Tiende a medir su propia existencia con el metro de la literatura más banal, esa en la que se exaltan los valores positivos, donde todo se resuelve en función del bien colectivo, en la que los malvados pierden y el bien triunfa. Pero si todo fuera tan sencillo yo no estaría aquí contando esta historia.

UN ASUNTO DEL DIABLO, de Paolo Maurensig.


El escritor italiano Paolo Maurensig en Un asunto del diablo elabora una sátira vestida de thriller sobre cómo el deseo de trascender a través de la escritura puede apoderarse de todo un pueblo y propiciar que el mismísimo diablo, adoptando la figura de un importante editor, haga de las suyas. Tan solo un extraño sacerdote sabrá de su existencia y tratará de detenerlo. 

Si extrapolamos lo que sucede en este pequeño pueblo, en el que todos se vuelven locos por publicar, a la actualidad en la que son numerosos los que creen -o creemos ja,ja,ja- llevar dentro un escritor en potencia, nos damos cuenta de que estamos ante una novela que de un modo muy ingenioso reclama cierta depuración del oficio de escritor y se burla de la arrogancia de tantos que ante la accesibilidad de las sencillas herramientas de escritura confunden vanidad con talento. En este pueblo sus habitantes con tal de ver sus escritos publicados o ganar un concurso literario serán capaces de amordazar su dignidad y sentido común y libres de las protestas de éstas "aguafiestas" caer en el esperpento e incluso en lo delictivo. Así vemos a menudo escritores o aspirantes a escritores que en las redes pueden llegar a comportamientos que van más allá de la legítima promoción de su trabajo que nos producen un poco de vergüenza ajena. 

Por medio de una trama ingeniosa, desarrollada con agilidad, que nos despierta el interés desde el principio y un desenlace que no está nada mal, el autor pretende aportarnos algo más importante que la mera resolución de un misterio y nos invita a la reflexión sobre el abanico de vanidades que airean la parte menos bonita de la comunidad literaria. Y así como a menudo los thrillers nos impelen a leer demasiado rápido y a no fijarnos en detalles que nos parezcan superfluos para el esclarecimiento de un crimen, en esta inteligente novela se disfruta de toda la lectura y no se desecha nada. Se lee con gusto y te deja con ganas de repetir con este escritor. 

Además, si os fijáis en la bonita portada del libro hay un precioso zorro. No está ahí por mero adorno. Este animal es muy importante en la novela. El autor aprovecha su simbología para aportarle un plus inquietante a la trama y dotarla de un mayor significado. Deciros que a medida que iba leyendo sentía más y más curiosidad por este animal e investigando descubrí numerosos detalles muy curiosos en interesantes sobre él. Además, como dato anecdótico, averigüe que dependiendo de nuestra fecha de nacimiento tenemos un animal espiritual y me coincidió que es el zorro, precisamente, el mío. Si leéis esta novela, no dejéis de lado la simbología de estos bellos e inteligentes animales, ya que enriquecerán vuestra lectura. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 

domingo, 5 de mayo de 2019



El jardín literario pudo actuar como aliciente, en mi caso, a una edad muy temprana, mientras leía con ese ensimismamiento tan único -y por siempre irrecuperable- propio de la lectura de la infancia, cuando un mundo ficticio invade el real y una ya no sabe distinguir cuál es cuál.

Un jardín, y la jardinería como actividad, eran tan terrenalmente reales para Virginia Woolf como para cualquier persona; pero, en sus obras de ficción, jardines y plantas son manipulados, reinventados, sometidos al propósito del discurso narrativo en cuestión. Esto sucede una y otra vez, como veremos, a manos de distintos escritores; el jardín de ficción estará enraizado en la experiencia personal del autor, pero en el papel se convierte en una metáfora. 


Hay libros que llegan para regalarte el silencio. Un silencio de vientos que llevan meciendo las flores, plantas y árboles de los jardines desde tiempos inmemoriales, desde el primer jardín del Edén. Que te piden que pares y sientas, que aplastes los relojes bajo tu anhelo de paz, que vuelvas a pasear con los sentidos entregados. Hay libros que llegan para quedarse a tu lado y ser lectura y catálogo de vida. 

 
     
Algunos de los libros citados.
Vida en el jardín, de Penelope Lively es un libro que me enamoró de inmediato desde su bella portada, pero no siendo partidaria de flores sin aroma no fue hasta adentrarme entre sus páginas que estuve segura de que me aguardaba un paraíso de fragancias deliciosas que me han acompañado desde la primera a la última página. Y del aroma de las flores con la mezcla del de los libros y de la pintura de los cuadros ha resultado una fórmula realmente embriagadora y un absoluto disfrute para los sentidos. La autora repasa los jardines de su vida, tanto reales como literarios y artísticos. De lo que han significado para ella y para diferentes escritores y artistas que también fueron jardineros de pala y rastrillo y de pluma y pincel. Cómo se han relacionado con sus jardines y cómo los han llevado a sus obras. Nos va a llevar a visitar -y qué placer que lo haga- los de Jane Austen, Virginia Woolf, Elizabeth von Arnim, Beatrix Potter, Willa Cather, Elizabeth Bowen, Philip Larkin, Monet, Matisse, Edvard Munch, Van Gogh, etc. Nos habla de famosos jardineros que fueron referente imprescindible para muchos amantes de la jardinería, entre los que señala a nuestra conocida Vita Sackville-West. Pero sobre todo es un libro de una escritora que ha amado y disfrutado enormemente una actividad que ha enriquecido todas las demás facetas de su vida. 

Me he encontrado con una escritora que me ha hablado con sereno entusiasmo, desde sus ochenta y tres años, y me he quedado prendada de su voz. Es un libro precioso, que se lee con gusto. Lo he disfrutado, aunque en mi casa es mi marido el que tiene el secreto de la confiada caricia de las flores, que crecen bajo sus manos, bellas y llenas de aroma. Yo me limito a llevarlas, agradecida, a los libros con los que se entienden a la perfección. No importa si no tienes un jardín, ni siquiera un pequeño cactus, se disfruta porque está bien escrito, con manos que saben su oficio, manos diestras, tanto en la escritura como en la jardinería. Cómo me gustaría ver su jardín y su biblioteca, deben dejar aromas parecidos. 

Editorial Contraseña.

Penelope Lively ha llegado a mi vida para quedarse y como podéis ver en la tercera fotografía ya tengo dos títulos más esperándome. 

Texto y fotografías: Ana Mª Martínez García.

sábado, 27 de abril de 2019

Llegó el otoño, el otoño lluvioso y triste, que pasamos encerrados en casa, con la madrastra severa, nuestro padre completamente entregado a ella, el niño quejumbroso y la tía reumática.

Desde que sabía que eso era lo que a él le gustaba, olvidaba todas mis antiguas quejas en contra de las costumbres patriarcales de nuestra casa, y me parecía que yo misma había escogido aquel tipo de vida y que me gustaba.


Descubrí UN MATRIMONIO DE PROVINCIAS en el propio perfil de la editorial Contraseña. De inmediato me llamó la atención y más aún cuando me puse a leer sobre ella. Publicada en 1885 por Marquesa Colombi, seudónimo de Maria Antonietta Torriani es de un realismo demoledor, "sin miel", dice en el Posfacio Natalia Ginzburg. Y así es, en efecto, retrata sin una pizca de sentimentalismo, queja o adorno que vista de un modo más amable la situación de las mujeres en las postrimerías del siglo XIX italiano. Describe de forma magistral en apenas ciento y pico páginas, no le hacen falta más, cómo la única posibilidad de una mujer pasaba por el matrimonio, el único destino admisible para escapar de una rutina gris, de un aburrimiento hasta la náusea y ser lo que la sociedad les exigía. La posibilidad tenebrosa de llevar de por vida el cartel ominoso de "solterona" las empujaba a no alojar en sus mentes otro propósito que conseguir un marido y, además, convencerse de las bondades de ese futuro manipulado y marcado.  

Denza Dellara lleva una existencia en la que el tiempo parece transcurrir en un inmisericorde goteo de infinito tedio, sin más aliciente que las escasas visitas familiares. Cuando algunos comentarios la hacen ver que es una muchacha muy guapa y que, además, ha atraído la atención de un joven de buena posición, se agarrará con empecinado convencimiento a la esperanza de un pronto matrimonio que la aleje de su monótona vida. 

Es esta una novela muy corta, pero muy contundente y, desde luego, una pequeña joya literaria de una modernidad indiscutible y que os va a sorprender con total seguridad. Para mí ha sido un valioso descubrimiento. Estuvo olvidada durante mucho tiempo y fue Italo Calvino quien la rescató en 1973. Le pidió a Natalia Ginzburg una introducción en la que la escritora italiana explicaría como esta obra había sido una influencia importantísima en su escritura y que leyó por primera vez con apenas siete años, después de traérsela su madre de un puesto de libros viejos. Durante años la releería sin cesar, permaneciendo en su memoria en la más alta estima. Si estoy absolutamente convencida de que esta novela os va a gustar y sorprender, el delicioso posfacio de Natalia Ginzburg os va a enamorar.

AVISO: Os aconsejo leer el prólogo de Cristina Grande, que es muy interesante también y os gustará, sin duda, al final, pues contiene un pequeño destripamiento de la novela. A veces es inevitable para realizar un buen texto sobre una obra. No es un tirón de orejas en absoluto, pero para quien no se le ocurra pensarlo, se lo aviso.

Marquesa Colombi.



Texto y primera foto: Ana Martínez García. 

lunes, 22 de abril de 2019


Cuanto más comprendes qué es la libertad, menos libertad posees.

En el curso de una visita posterior me condujo a una galería que permanecía cerrada. Allí guardaba su colección de autómatas: muñecos, algunos de tamaño natural, que parecía que acabasen de salir de un cuento de Hoffmann. 




Para John Fowles "El mago" era la novela de la que menos satisfecho se sentía, coincidiendo con gran parte de la crítica, que no la acogió tan bien como otros títulos suyos. No obstante, los lectores no estuvieron de acuerdo y siempre ha sido para ellos el más apreciado de sus títulos. Así lo reconocía el autor en el prólogo de la segunda edición inglesa en 1977.  

Nicolas Urfe, joven insatisfecho con los últimos trabajos que ha desempeñado como profesor de inglés consigue un empleo en un colegio privado, situado en una recóndita isla griega, Phrasos. Atrás quedan el nebuloso Londres y Alison, la chica con la que se había estado viendo. Nada más llegar queda deslumbrado por la belleza de la isla y comienza expectante su nueva andadura profesional. Sin embargo, pronto las aburridas clases y la escasa comunicación con sus compañeros que apenas saben inglés lo impelen a alejarse del colegio y encontrar solaz en la soledad del mar. Y es en una de sus frecuentes excursiones que va a encontrar una solitaria villa con un propietario misterioso y fascinante que le hará sentir que tiene unos planes muy especiales para él, pero que la naturaleza y el propósito de esos planes tendrán que esperar para serle desvelados. 

Los libros como sabéis tienen tempos diferentes. "El mago" te va llevando en un suave vaivén de las olas. Avanzas intrigada, pero con apenas sobresaltos. A la vez que el joven Urfe vas haciendo pequeños descubrimientos y como en un teatro solo para ti asistes a la función con tranquila curiosidad. Disfrutas las descripciones de la isla; las conversaciones sobre arte y literatura y las narraciones que se adentran en el pasado del anfitrión a la luz de las velas en la terraza de la villa te van seduciendo cada vez más. El olor salubre del mar te invade los sentidos y otro olor, menos evidente al principio, olor a sexo, que linea a linea se va intensificando, flota en el ambiente sobre oleadas de calor. Cada vez hay más dudas, llega un momento en que hay demasiadas, no puede, no puedes confiar en nadie. Y entonces..., hacia la mitad de la novela da un giro que te sacude en tu serena lectura y la voluptuosa expectación se tronca en inquietud y febril avance hasta el final. 

Compleja, inquietante, extraña novela que me ha fascinado. Fowles dijo que era "una novela de adolescencia escrita por un adolescente tardío". Y entiendo el porqué. El adolescente sueña con vivir aventuras, con el amor y el sexo, a menudo se siente especial y solo en un mundo que no lo comprende y con el que no está de acuerdo. En el horizonte una bella isla, una misteriosa villa, un propietario rico y culto y la posibilidad de vivir algo tan diferente a la realidad que es inevitable que seduzca. Pero, ¿y los lectores que ya dejamos muy atrás la adolescencia? La añoranza de lo que soñamos, de lo creímos posible que nos alejara de esa realidad que suele ser tan gris y prosaica. 

Además de todo lo dicho y de lo que no diré, está Shakespeare y en especial, "La tempestad". Tuve una época en que me leí casi todas sus obras y me quedó, entre algunas otras, este título que debe ser que nunca se resignó a que lo dejara atrás y me ha aparecido con frecuencia. ¡Vale, lo he captado, la voy a leer! Son numerosos los escritores que se sienten en deuda con Shakespeare y le rinden honores. Fowles es uno de ellos y es una maravilla como entrelaza en la historia de la novela las numerosas referencias a esta obra en concreto y las de otras del dramaturgo inglés. Terminé de leer este libro, pero no he acabado con él. Voy a leer, como he dicho, "La tempestad" y algún título más. Es muy gratificante y estimulante cuando has disfrutado una lectura y además anotas varios títulos más que en ella aparecen y deseas leer. Ya os iré hablando con más detalle de ellos. 

Muy buen libro. John Fowles nunca me defrauda. Para eternos adolescentes que soñaron lo que solo encontrarían en las novelas. 

John Fowles en el cuarto donde escribía sus obras.

Texto y foto inicial: Ana Martínez García.


lunes, 8 de abril de 2019


Si se asomaba lo suficiente podía ver una procesión perezosa y revoloteante, las damas de Morgana bajo sus parasoles, intentando mantenerse fresquitas camino de la casa de la señorita Nell. Su madre se fundió con los etéreos y transparentes colores. La señorita Perdita Mayo estaba charlando y los tacones de las damas repiqueteaban y silenciaban -silenciaban algo...

Había sillas doradas de patas quebradizas y curvadas como bastones de caramelo, que sólo con tocarlas se deslizaban por el suelo; y estaban prohibidas -eran para el público del recital y eran frágiles a propósito. Había veladores con estatuitas rosa y conchas de carey del color de las adelfas. Las cortinas de cuentas de las puertas se agitaban y repiqueteaban de cuando en cuando durante la clase, como si viniera alguien, pero, a no ser que fuera la hora de un alumno, no tenían más significado que el perezoso parloteo de los petirrojos al aire libre. (Los McLain vivían casi enteramente arriba, excepto por la cocina, y entraban por la puerta lateral). Las cuentas tenían un suave olor dulce y te hacían pensar en largas filas de higos y frasquitos de caramelos llenos de líquido violeta, y regaliz. La Madre de Cassie decía que el estudio era un poco como la casa de la bruja en Hansel y Gretel , "incluyendo a la bruja".


Como una tarde perezosa de verano que se demora recostada en las hamacas de las casas de madera sureñas, con los ojos un poco hinchados por la siesta y que todo lo ve a través del color de una limonada muy fría. Así es la escritura de Eudora Welty en los siete relatos de LAS MANZANAS DE ORO. Es como verse atrapado en una ensoñación por momentos más profunda y en otros más consciente. La música suena siempre y proviene de una ventana alta, con sutiles cortinas blancas que se mecen al viento; un gramófono tal vez o alguien que toca un viejo piano. El sonido sube y baja, adormece unas veces y otras deja notas pegajosas en las tripas.

Desde una ciudad ficticia, Morgana, situada en Mississippi, Eudora Welty nos relata la vida de sus habitantes con su estricta estructura social, las relaciones que establecen y sus dificultades para comprenderse. Los relatos aunque independientes comparten personajes que se irán alternando y adquiriendo más o menos protagonismo en unos y otros. Sin una estricta sujeción temporal sí transcurren siguiendo un particular hilo narrativo que nos lleva a conocer el desenlace de algunos personajes en diferentes relatos.

Eudora Welty nos muestra los recovecos y miserias, grandeza y humanidad de sus personajes a través de una narrativa realista, pero con un inconfundible halo de misterio, como un vaho mágico que convierten cada párrafo en construcciones de una gran belleza y todo sin perder la elegancia en ningún momento, como una dama sureña de irreprochables modales, observadora inteligente que ahonda en el alma humana y en la idiosincrasia sureña. 

No se puede leer a esta escritora con prisas, su narrativa poética, onírica, con abundancia de referencias a mitos, leyendas y cuentos populares para resaltar, no obstante, la realidad de los seres humanos, su misterio y su constante búsqueda de un algo inalcanzable, no permite leer sin detenerse, sin saborear a no ser que obviemos lo mejor del camino, las ondulaciones de un río tranquilo tras el baño de unos niños, con los últimos rayos del sol al atardecer.  

De los siete relatos voy a resaltar "El recital de junio" y "El lago de la Luna" y son los personajes marginales los más interesantes e inolvidables. Destacar muy especialmente la relación de Virgie Rainey, una niña muy particular, y su profesora de piano, que tocarán por siempre juntas en mis recuerdos Für Elise con momentos de contenida crispación y de fondo el suave entrechocar de esas cortinas de cuentas con olor a caramelo. 

Ganadora en 1972 del Premio Pulitzer por "La hija del optimista", es una de las grandes escritoras sobre el sur de Estados Unidos. Siempre vivió en su Jackson natal en la misma casa familiar. Aunque viajó a menudo por su trabajo como fotógrafa y tras dejar la fotografía y dedicarse a la escritura era solicitada con frecuencia para dar conferencias.


Soy una escritora que ha llevado una vida resguardada. Una vida resguardada puede ser también una vida atrevida. Porque todo atrevimiento serio procede del interior. 


Texto y primera fotografía: Eudora Welty. Desconozco el fotógrafo de la foto de la escritora. 

sábado, 30 de marzo de 2019


Una mañana Francis y yo curioseábamos unos titulares sobre el último episodio violento en una vitrina de periódicos cuando de pronto vi en el cristal nuestras caras reflejadas.

La ocasión en que la vimos pasar un día entero echada en el sofá con un libro sorprendentemente grueso de la biblioteca. Todo un día leyendo, sin ponerse ni una sola vez histérica por las obligaciones. 

HERMANO, de David Chariandy.


Hay libros a los que enseguida les late el corazón, que sus personajes se salen de las páginas para perder su condición de papel y tinta y convertirse en seres de carne y hueso. Así es este libro. Sin llegar ni a doscientas páginas consigue que la historia te importe, te emocione y te duela. Lo leí casi del tirón y cuando tuve que despedirme de Michael, Francis, Ruth, Aisha y Jelly lo hice con pena y de inmediato les añoré. Los lectores sabéis de lo que hablo, esos personajes que se te abrazan y no quieres separarte de ellos, aun con sus duras vivencias, porque son auténticos, son de verdad.

Narrada en primera persona por Michael nos cuenta que su hermano Francis y él han crecido en Scarborough, un suburbio de Toronto, Canadá junto a su madre. De procedencia Antillana desde niños sufren las miradas manchadas de desconfianza, desaprobación y temor de las que solo los prejuicios y la ignorancia son capaces. Su madre, mujer luchadora, que trabaja más horas que tiene el día, que ya sale cansada de casa tras dejarles todo preparado a sus hijos y que se va siempre con un puño en el estómago por el temor de lo que pueda ocurrirles al quedarse solos, pone todo su empeño en trasmitirles que solo estudiar y no meterse en líos les dará la oportunidad que ella no pudo tener. Pero el barrio lucha contra ella y a Francis, que siempre protege a su hermano, que cuida, serio y resuelto, a su madre desde niño, tan carismático que los amigos y las chicas lo veneran, tiene, sin embargo, una fractura en su hermoso ser, que es un abismo. Michael que lo admira y respeta lo ve al filo del abismo sin ser consciente del todo del peligro que corre, cuando es todo lo que tienen él y su madre. Mientras Aisha, inteligente y singular, la primera de la clase, se convierte en una ilusión de camaradería y amor con la que visitar la biblioteca y romper el círculo de predestinación social. Y de fondo la banda sonora de los años noventa, el recuerdo de series norteamericanas y los estilismos imposibles de quienes buscan reafirmarse en unas difíciles circunstancias, para que no les trunquen los sueños. El triunfo será mantener los valores y sentimientos que los hacen mucho más grandes de lo que creen ser y de lo que les dejan creer. 

Dura, pero también hermosa y emotiva. Habla de la familia y la amistad, de la muerte y los prejuicios sociales, de las muchas dificultad que encuentran los inmigrantes, incluso las siguientes generaciones, que ya nacen en el país adoptivo.

Esta novela ha sido para mí una nueva confirmación de que jamás hay que cerrarse puertas en la literatura y conocer a nuevos escritores es siempre una aventura enriquecedora. Por favor, pido a Alianza Editorial que no pierda de vista a este autor y nos traiga todo lo que escriba. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García.

lunes, 18 de marzo de 2019



Llevaba tiempo queriendo leer a esta escritora, pero siempre había otros títulos que se imponían. Ya sabéis lo insistentes que pueden ser algunos; los hay incluso que son como niños malcriados: "yo primero, yo primero" y empujan a otros y todo. Pero en esta ocasión, un lector al que sigo y en el que confío, Antonio, lanzó de un golpe certero esta novela al primer puesto y llegó reclamando su lectura inmediata y acallando todas las protestas. El golpe de efecto fue el nombre de una actriz: Bette Davies. 

Desde niña me quedaba hipnotizada mirando esos ojos increíbles que no han existido otros iguales en el cine, capaces de reflejar tanto los más hermosos como los más turbulentos sentimientos. Son muchas las películas que he visto y disfrutado de ella, pero de esta, basada en la novela "El señor Skeffington", de Elizabeth von Arnim no sabía nada y fue una maravillosa sorpresa que no me podía perder. Pero, por supuesto, debía imponerse el orden correcto: primero el libro y después la película. 

En el libro encontramos a Fanny, el personaje principal, mujer que ha gozado por su increíble belleza de un gran éxito entre los hombres, lo que le ha permitido un esplendor social en el que era siempre el centro de atención. A punto de cumplir los cincuenta años y con las secuelas de una enfermedad que le han dejado claras huellas en su rostro y cuerpo, el tiempo le hace burlas desde cada rincón de su lujoso hogar anunciándole que sus mejores años pueden haber pasado. La burla adquiere el aspecto de su ex marido que se le aparece a cada momento cuando hace una eternidad que ni pensaba en él. Vamos a asistir a un juego muy divertido que se puede interpretar como un hecho sobrenatural, si se quiere -recurso muy cinematográfico- o simplemente pensar que su mente debilitada por la enfermedad y la preocupación le está jugando una mala pasada. El caso es que Fanny querrá huir de esta presencia insistente que le trae recuerdos ingratos, y en esta huida irá al encuentro de antiguos admiradores para intentar que la tranquilicen, que le demuestren que todo sigue igual y que todavía tiene el poder de despertar un amor apasionado como antaño. 

Podía haber resultado una novela demasiado frívola, que esa razón de ser de Fanny condenada inevitablemente a que el tiempo pronto se la arrebatara, nos las hiciera antipática o nos causara desdén por una búsqueda demasiado superficial. Pero no es así, subyace bajo todo eso una amargura que no se puede obviar. Se va a poner la nota en una mirada educada de forma errónea o insuficiente, condicionada por una sociedad que circunscribe la belleza a la juventud, que condena sobre todo a la mujer a la invisibilidad al paso del tiempo y que convierte su posesión en su mayor y más preciada cualidad y su pérdida en su mayor desgracia; hay una rebeldía sutil, envuelta en una ironía muy inteligente, que está ahí y es un reproche que adquiere su significado simbólico a través de un final que puede parecer acomodaticio -y aun así a mí me emocionó- y que en realidad señala una clara ceguera que solo es capaz de ver y valorar una determinada belleza. El ejemplo más claro está en cómo las personas que no educan su mirada para el arte, por mucho que lo miren no logran ver el milagro, no lo pueden apreciar; fuera de él, en la vida, para mirar a los demás, también se necesitaría educar los ojos, limpiarlos de condicionamientos.

Pero lo magistral de la novela es que esa amargura, esa tristeza que la recorre como una pez tranquilo, que no agita las aguas y queda como al fondo, no impide disfrutar con la lectura, reír y tomarle mucho cariño a Fanny. Hay momentos de una hilaridad maravillosa. Por los suelos me tiraba cuando visita a uno de sus antiguos amores, un sacerdote. Esa visita en la que está él y su hermana, los malentendidos que se producen, es genial, no podía parar de reír. Tiene situaciones resueltas con tanta inteligencia y destreza que a mí me han proporcionado una lectura deliciosa. Repetiré con esta escritora,  sin duda. Ya tengo varios títulos y alguna película más esperando.

La película no la he visto todavía. Necesito un tiempo que repose la novela. Es muy posible que la vea el fin de semana próximo. Ya os contaré. Acaricio el momento de verla y más después de haber disfrutado tanto de la novela. 

Texto: Ana Martínez García.