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martes, 22 de junio de 2021



~LA FERIA DE LAS VANIDADES~ 
de William M. Thackeray



Puedo decir que LA FERIA DE LAS VANIDADES, de William M. Thackeray posee lo mejor de la literatura victoriana y nada o muy poco de lo peor. Puedo decir con absoluta satisfacción que entre la lectura de la novela en Alba y leer con posterioridad la magnífica introducción de la edición de Cátedra me ha llevado más de dos meses. ¡Dos inolvidables meses! He querido disfrutar de esta obra como merece, sin prisas, subrayando, tomando notas, buscando referencias... Por supuesto algo así no lo puedo hacer con todos los libros, pero de vez en cuando necesito acometer la lectura de un clásico de este modo. Y cuando sea el momento de la relectura, la lista de personajes que he elaborado y mis notas me permitirán disfrutarlo aún más. 

En esta sátira de la sociedad contemporánea, comprendida entre 1813 y 1840, muy pocos personajes salen bien parados. Thackeray con un empleo de la ironía espectacular y enormes dosis de cinismo nos muestra lo peor de un amplio grupo de personas a las que el dinero, el hacer todo lo posible por ascender en la escala social, las apariencias y, en resumen, todos los valores más superficiales, les importan más que cualquier otra cosa. Estamos ante una obra en la que los personajes son lo principal y la trama o la serie de tramas presentes en ella estarán a su servicio. El gran acierto del autor es mostrarnos sus bajezas y debilidades a través de un humor sardónico que nos hace muy divertida la lectura. Aunque no se nos va a escapar que la realidad que nos muestra es desalentadora y tendrá oportunidad a lo largo de toda la obra de demostrarnos que esto es así con una intención moralizante y didáctica, que no se hace nada pesada y en este autor es de una naturaleza muy particular y efectiva. Su empeño en desvincularse lo más posible de las narraciones sensacionalistas e idealizantes tan abundantes en el siglo XIX, lo llevarán a escribir una novela muy moderna, desmitificadora del matrimonio y de otros principios aceptados e inamovibles por la sociedad de la época.

Thackeray era muy, pero que muy listo. Escribió una novela, como os decía, muy moderna y se las ingenió para que no lo pareciera tanto, que los puritanos lectores victorianos no la rechazaran. La broma comienza con el subtítulo: "Novela sin héroe" y se supone que nos vamos a encontrar con una narración coral. Pero digo lo de "broma", porque la realidad es que hay un personaje que se apodera de este libro, que se convierte en la gran protagonista y no es otra, claro está, que Becky Sharp. Ella posee todas las cualidades para ser la perfecta heroína: inteligente, dinámica, resolutiva, encantadora, divertida, seductora, imaginativa... Todas estas cualidades en nuestro presente nos parecen dignas de admiración, ¿verdad? Podría encarnar muy bien un ideal de mujer actual. Sin embargo, en la época victoriana no hubiera sido tan sencillo que el lector aceptara a una mujer así. Entonces Thackeray lo que hace es convertirla en villana. Todas esas cualidades las subvierte y las pone al servicio de un egoísmo desmedido, una enorme ambición y un frenético deseo de llegar a codearse con las clases privilegiadas de la sociedad, cuando ella proviene del mundo bohemio. Así, de este modo, nos ofrece un personaje enorme, que nos conquista y que estamos deseando que aparezca de nuevo para saber de sus numerosas aventuras. Ese brillo en sus ojos es de pura vida. ¡Es la niña de los ojos de Thackeray! Está claro. Pero en esa manera de "colársela" a los lectores victorianos, que os decía, y en la pretensión moralizante tan propia de la literatura de la época, aunque en este autor tenga sus personales particularidades, Becky será una criatura de aligerar con increíble facilidad los remordimientos -si los tiene- y el narrador hará lo posible para que nos quede bien claro su catadura moral. Hasta qué punto es malvada y si tendrá un castigo ejemplar o si habrá redención para ella le corresponde a cada lector descubrirlo. El final tiene mucha miga y aún más el de ELLA.

El contrapunto de Becky es su amiga Amelia. La novela comienza cuando ambas terminan su periodo de formación en la academia de la señorita Pinkerton y se supone que entonces tendrán que comenzar a buscar un marido. Los diferentes caminos, aunque con significativos paralelismos, que emprenderán o a los que las vicisitudes de sus vidas las empujarán, y los momentos en los que vuelven a encontrarse, recorrerán toda la obra. Amelia encarnaría el ideal victoriano de sumisión, dependencia, entrega, abnegación... Estas se supone que eran la cualidades idóneas de la mujer de la época. Pero Thackeray de nuevo subvierte estas supuestas virtudes para la sociedad victoriana a través de numerosas ironías a costa de Amelia y nos va a mostrar que ese ideal no era tal. La salva por la bondad. ¿O se ve obligado a hacerlo? El autor con ella lo organiza de tal modo para que se gane nuestra simpatía por sus buenos sentimientos, pero dice de ella lindezas tales como que es poco inteligente, la llama ñoña, débil, simple, insulsa, absurda... Y un largo etcétera. La ambigüedad respecto a este personaje es desconcertante. Ella podría ser la protagonista, pero resulta demasiado aburrida, limitada e incluso llega a ser pesadísima en la expresión de sus afectos. ¿Le dará el final feliz que los lectores parecían reclamar? Con Thackeray nada está claro.  

Si bien Becky destaca entre todos los personajes por su brillantez, en el que depositaremos nuestras esperanzas es Dobbin. Es íntegro, leal, valiente, honrado y que nos va a dar momentos muy divertidos y emotivos. Aquellos que hayan leído EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA, de Gabriel García Márquez, vais a reconocer de inmediato en él a un clarísimo referente para la creación de Florentino Ariza, el eterno enamorado de Fermina Daza. Tanto este como aquel son personajes que me enamoraron. Dobbin no siendo muy agraciado y bastante torpe, es un amor. Es el tipo de persona fiel y constante en sus sentimientos hasta la muerte. En la introducción de Cátedra se dice que quizás sea la suya la caracterización más idealizada, pero bendita sea, porque entre tanta maldad, vanidad, egoísmo, hipocresía, traición..., él llega a suavizar nuestra desazón: "pero ¿es que no ves cuán odiosos son todos los individuos de esta obra (con la excepción de Dobbin)?", diría Thackeray en una carta. 

Es una novela extensa, aunque muy dinámica y amena, con un gran componente autobiográfico y con muchos más personajes, inspirados algunos de ellos en personas reales de la vida de Thackeray. Hay tanto que se puede decir que podría cada día escribir un texto rememorándola, extraer un fragmento, destacar curiosidades, y pasaría mucho tiempo sin que se agotara su enorme contenido. Infinidad de detalles la hacen inolvidable. Puedo decir que no me ha aburrido en ningún momento, aunque qué duda cabe, que cuando Becky salía a escena la reavivaba extraordinariamente. Pero, esté ella o no, en ningún momento se hace pesada. Os pongo un ejemplo muy claro de cómo el autor va a estar siempre a favor de entretener al lector. La batalla de Waterloo que es tan importante en la obra para el desarrollo y la caracterización de los personajes, el señor Thackeray en vez de llevarnos hasta ella, en pleno campo de batalla, nos dice que no, que nos quedaremos mejor con los civiles. Yo qué queréis que os diga, si lo tengo delante le doy un abrazo. Por supuesto, habrá lectores a los que les atraigan las narraciones bélicas y lanzarse al barro de las batallas, pero yo como nuestro escritor prefiero quedarme fuera. 

Thackeray fue, sin duda, un gran escritor, que nos dejó obras muy importantes y que gozaría en vida del éxito literario. Muy admirado, por ejemplo, por nuestra Charlotte Brontë, tuvo una existencia, quizás no tan trágica como la de ella, pero tampoco lo tuvo fácil. Su padre murió cuando era muy joven y su madre lo mandó a estudiar lejos, sintiéndose abandonado y muy solo. Como estudiante lo pasó muy mal y volcaría su nefasta experiencia en los retratos muy negativos de los centros educativos que aparecen en su obra. Posteriormente heredaría una fortuna y la perdería. Se casaría y a los pocos años tendría que internar a su mujer en un manicomio -como se llamaban entonces y hasta hace relativamente poco-. Después se enamoraría de una mujer casada, pero ella acabaría abandonando la relación. Finalmente pudo lograr cierta estabilidad viviendo junto a sus hijas. 

Texto y fotografía: Ana Martínez García. 
Bibliografía: introducción de Cátedra.

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